lunes, 13 de mayo de 2019

Giro de Italia 2019: Frenar a los esprínters


En el verano de 1991, Dzhamolidin Abduzhaparov casi pierde la cabeza en el paseo de los Campos Elíseos. Absorto en el pedaleo por su escasa formación para los esprints, apenas tuvo tiempo para levantar la mirada y percatarse de que delante tenía una valla. Se destrozó la clavícula y tuvo que cruzar 20 minutos después agarrado a la bicicleta y a quienes le ayudaban porque debía sobrepasar esa última línea del Tour de Francia si quería ganar el premio de la regularidad.
Para los aficionados puedo ser un momento heroico. Un momento de coraje de aquel tipo que había llamado la atención por sus locuras. Atacaba en la montaña para conseguir puntos intermedios y luego se perdía en la etapa, lanzaba esprints lejanos pedaleando como si le hubiera pedido la bicicleta a su hijo y hasta ganó una etapa de media montaña en Tulle antes de dar varias veces positivo en controles antidopaje. Fuera de las carreteras, el hombre nacido en Uzbekistán pero tártaro por elección, era un deportista carismático. En cambio, en el pelotón no tenía esa simpatía. Conocido entre sus compañeros como 'El terror de Taskent', los compañeros de llegadas temían sus codos, cambios bruscos de dirección, sus convulsiones, su absoluta falta control de la máquina y su imprudencia al manillar.
Aquel alocado exsoviético ha tenido algún que otro intento de heredero hasta que el pelotón ha parado cualquier escalada de locura en un momento en que se rueda a más de 60 km /h y la habilidad es tan importante como la potencia. El revoltoso Nacer Bohuanni ha sido descalificado en más de una ocasión por sus artes cuando llegaba a la meta. En la París-Niza de 2016, el francés cerró a Michael Matthews contra la valla de la recta de meta y además cargó contra su oponente con el hombro izquierdo. El australiano se salvó y más de uno en el pelotón respiró aliviado cuando Bohuanni, boxeador en su tiempo libre, tuvo que renunciar al Tour de Francia por una lesión en la mano producida por una pelea en un hotel.
No obstante, entre los nombres más mencionados en los últimos tiempos por sus arriesgadas maniobras se encuentran Peter Sagan y Mark Cavendish, con duelos finalizados en el suelo. Si el eslovaco es un virtuoso con el manillar, también es un animal competitivo capaz de cerrar espacios, cambiar la trayectoria de manera peligrosa e infundir terror a sus rivales. El británico, por su parte, es de quienes no se rebajan sino que utilizan uñas, dientes, hombros y cabeza si es necesario para cargar a sus vecinos de llegada. Así, en más de una ocasión han sido reprendidos severamente por sus hazañas. El Tour de Francia envió a casa en 2017 a su campeón vigente de la regularidad por un codazo que mandó a Cavendish al suelo. El británico, tampoco es de lo que se apartan. «No me gustaría tener fama de cobarde», declaraba en la cresta de la ola en 2016 el hombre de la isla de Man, aquel lugar en que han muerto más de 250 motociclistas en su centenaria prueba de motor.

Peter Sagan argumenta constantemente de que el problema del ciclismo son lo recién llegados al ciclismo. Pero eso mismo reclamaba el cántabro Óscar Freire cuando el siempre recomendable Jesús Gómez-Peña escribía en sus crónicas de 2013 sobre las maneras de Cavendish. «Aquí nadie tiene respeto. Algunos se piensan que corren solos. No ven el peligro. Por eso cada vez hay más caídas», avisaba el tricampeón del mundo.
Con los antecedentes recordados y los sustos habituales, desde las organizaciones se ha optado por cortar de primeras cualquier intento de caos y destrucción. No quieren que la belleza del esprint salpique con la violencia de la sangre. Además, hoy en día las cámaras en alta definición, las repeticiones desde varios ángulos, los vídeos de las redes sociales y toda suerte de fuentes pueden revelar la trampa y la bajeza moral. Ya lo reconocía el futbolista Didier Deschamps cuando se acercaba el ocaso de su carrera: «Ahora es imposible: no puedes hacer faltas duras porque el árbitro o la televisión te expulsan. Antes sí podían hacerse algunas cositas de intimidación antes, durante y después del partido».
Con todos los condicionantes se explica la descalificación de Elia Viviani en la etapa de hoy en el Giro de Italia. La esperanza local había levantado los brazos en un triunfo que aumentaría el seguimiento a la prueba. Pero su extraño paso a la izquierda dejó demasiadas dudas a los expertos y seguidores. Parecía que había cerrado a quien venía con ímpetu y que sus extraños giros estaban más cerca de lo que enseñaba Abduzhaparov en los noventa. Sin victoria, los ciclistas reciben un mensaje sobre cómo hay que comportarse. Y una buena dosis de prevención.

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