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lunes, 28 de octubre de 2019

Historias olímpicas: Suicidio por un oro para Japón


«En caso de necesidad, ofreced vuestra vida al Estado y preservad así la prosperidad de nuestro trono imperial, tan antiguo como el cielo y la tierra», reza el sermón del Kyoiku chokugo, el Rescripto Imperial de 1891. En apenas 315 caracteres se concentra la educación que permite entender al pueblo japonés del siglo pasado y la salida del suicidio cuando no se cumplía con las tareas patrióticas en Japón. Después de su brusco cambio de su era medieval a la contemporánea la figura del emperador trató de fomentar la fidelidad a su causa unida al fervor nacionalista y desprecio al foráneo. Como en otras ocasiones y lugares los Juegos Olímpicos resultaron una excusa perfecta para impulsar las proclamas y Tokio 1964 se revelaron como la oportunidad perfecta. De hecho, los anfitriones fueron terceros en el medallero y pudieron lucir orgullosos su incorporación a las potencias mundiales gracias a que los deportistas locales cumplieron con su deber.

Pero de todos los japoneses que participaron de alguna manera en aquellos Juegos Olímpicos hubo uno que sintió lo opuesto al orgullo a pesar de su buen resultado. Tras su sexto puesto en la prueba de 10.000 metros Kokichi Tsuburaya, un joven de 24 años, sufrió su momento de protagonismo en el último día del evento, el día de la magia del maratón. Después de 42 kilómetros de carrera, el muchacho de Fukushima se presentó en segunda posición en el estadio. Apuntaba a subcampeón apoyado por los ánimos de sus compatriotas y sólo precedido por el legendario Abebe Bikila. Pero el estadounidense Basil Heatley rompió la atmósfera al sorprender al atleta local en la última vuelta con una remontada espectacular. «No sabía que estaba compitiendo por la plata, ¡pero le cambié al japonés la medalla de plata por la de bronce delante de su público y del emperador!», reconoció el norteamericano años después.

Aunque Tsuburaya conquistó la primera medalla en el atletismo para Japón en 28 años, la vergüenza y la humillación invadieron su ánimo desde el momento en que cruzó la meta del maratón. «He cometido un error imperdonable delante del pueblo japonés. Tengo que reparar el daño corriendo e izando el Hinomaru (bandera del sol naciente) en los próximos Juegos Olímpicos, en México», confesó a su compañero Kenji Kimihara.

Para subir a lo más alto del podio, el fondista accedió a una disciplina espartana. Le apartaron de su prometida durante la preparación y se empleó a fondo en los entrenamientos. Desgraciadamente para él, aquellos esfuerzos provocaron varios lesiones y finalmente un lumbago agudo que retrasó su preparación. Cuando en enero de 1968 se preparaba para los Juegos Olímpicos que se celebrarían en el país norteamericano con la expedición japonesa se percató de que no podría alcanzar su venganza. No habría «prosperidad» para el Estado y el trono imperial. Como era habitual en la tradición de su país, escribió una carta de despedida para explicar su decisión. Después, se cortó las muñecas y murió desangrado. Sus compañeros cuentan que le encontraron en la habitación del hotel aferrado a la medalla de bronce de Tokio 1964.

El atleta, la nación

El suicidio no se produjo por ambición de gloria o superación de límites personales, sino por las mismas razones que forzaron a sus compatriotas desde que se impuso la filosofía del Rescripto Imperial. «Con la generación de Tsuburaya se demostró claramente la transformación del 'espíritu del deporte'», indica una estudio de la universidad japonesa de Waseda. «A través de Tsuburaya se reconoció que los atletas se comprometen a una expectativa excesiva generada alrededor de ellos y las presiones sociales sobre la victoria y la derrota. Se cree que la muerte de Tsuburaya es un claro problema de la pérdida de identidad para los atletas. Además, se incide en 'el reconocimiento de que los atletas modernos representan la nación', un vínculo definitivo entre el 'espíritu de deporte y la reproducción de un discurso'», concluye el informe académico. «Kokichi está agotado hasta la extenuación. Por favor, perdonadme. Sé que he causado vuestra continua preocupación y dolor. Todo lo que realmente quería era ser capaz de vivir cerca de vosotros», había escrito en la nota de suicidio a sus padres, según la traducción más difundida.

En la despedida epistolar también dedicó unas líneas para sus compañeros y entrenadores: «Perdón porque soy incapaz de mantener mi promesa. Rezo por vuestro éxito en los Juegos Olímpicos de México». Kenji Kimihara, confesor y compañero que vivió de cerca el suicidio de Tsuburaya, consiguió la plata en México 1968 y fue quinto en 1982. La diferencia fue que disfrutó de una gloria olímpica con menor presión después de la muerte de su predecesor.

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lunes, 21 de octubre de 2019

El fraude olímpico de las gemelas: Tú a longitud y yo a relevos



Madeleine de Jesús era una excelente atleta. La puertorriqueña nacida en el barrio neoyorquino de Brooklin había destacado en pruebas combinadas de atletismo y voleibol. Así, después de varios galardones y de algún récord nacional se inscribió en salto de longitud y como relevista de 400 metros de delegación boricua para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984.

Sin embargo, el sueño olímpico para Madeleine se volvió turbulento. Primero comenzó con el salto de longitud, una competición en la que sólo alcanzó los 5,63 metros, lejos de su mejor marca anterior (6,49). Por culpa de una lesión muscular ni siquiera superó la fase de clasificación. El inconveniente era desalentador porque dos días después debía competir como uno de los relevos de 400 metros de puerto Rico y parecía imposible.

Ante la situación, Madeleine maquinó una trampa de película para no perder la oportunidad. Su hermana gemela, Margaret, había acudido a California para verla en acción. También era atleta y la deportista olímpica consideró que aunque no corría tan rápido como su pariente podía cumplir con el papel complementario. Con la suplantación ilegal no habría problemas por el parecido físico. Hasta el corte de pelo era idéntico. La única condición que pidió Margaret a su hermana fue que nadie conociera el cambio ilegal y en teoría guardaron el secreto a todo el mundo hasta el día de la competición.

La gemela lenta corrió la segunda posta de semifinales con el dorsal de la original y aunque el conjunto fue el último de su manga, el equipo se clasificó para la final por tiempos. La treta encajó como un guante para que una gemela disfrutara del sueño olímpico en salto de longitud y otra en los relevos del tartán. Pero como en la película de Alfred Hitchcock, el crimen perfecto se complicó. Un periodista puertorriqueño de Associated Press, Luis Varela, se acercó a la falsa Madeleine y se percató de un detalle significativo: un lunar en el rostro. Aquella diferencia que había servido para distinguirlas desde niñas se reveló fundamental en la historia detectivesca del certamen. El noticiero habló con el entrenador puertorriqueño, Colón Alers, y este, escandalizado, decidió revelar el amaño al presidente de su comité. Puerto Rico retiró a su relevo sin hacer pública la trampa hasta un tiempo después, pero sancionó a sus dos atletas con un año de suspensión. El preparador fue castigado de por vida cuando la gemela lesionada aseguró que le había informado de la sustitución de emergencia, según los medios de la época.

Madeleine volvió a competir y después de ganar como saltadora de longitud los Juegos Iberoamericanos con un brinco de 6,96 metros se presentó en Seúl 1988. En Corea del Sur no voló más allá de 6,08 y tuvo que conformarse con el puesto 23 entre los olímpicos sin aparentes cambios de hermana. Retirada como deportista se mudó a Bruselas, donde ejerció como entrenadora de atletismo. En cambio, Margaret no volvió a competir en los Juegos. Ni como titular ni como suplente de emergencia.

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lunes, 14 de octubre de 2019

Los Juegos que no fueron olímpicos


En pleno fervor por popularizar sus Juegos Olímpicos, a Pierre de Frédy, barón de Coubertin, le frenó la tragedia de la I Guerra Mundial. Todo había sido preparado para que en el año 1916 en Berlín se disputara la sexta edición universal, incluso con un nuevo estadio para 60.000 espectadores inaugurado, pero la realidad del conflicto bélico espantó cualquier pensamiento sobre la reunión deportiva. Aunque se canceló el certamen por razones obvias, se incluyó al proyecto en el historial de Juegos Olímpicos por decisión del Comité Olímpico Internacional (COI). «Un Juego Olímpico puede no celebrarse, pero su cifra permanece», sentenció Coubertin.

Años después de lo previsto, una vez acabada la confrontación mundial de facto, regresó la idea de recuperar una competición universal. Con la inercia de los países ganadores de la guerra y la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA, por sus siglas en inglés) surgieron los Juegos Inter-Aliados, un evento que aspiraba a recoger el espíritu olímpico y que se celebraría en París. El mayor impulso procedió de Estados Unidos, el país menos castigado de la contienda, que ayudó a construir un nuevo estadio (Stade Pershing) en el bosque de Vincennes, al este de la capital francesa, una zona en la que ya se celebraron algunas pruebas en los Juegos Olímpicos de 1900. Hubo desfile inaugural, competiciones de atletismo, boxeo, baloncesto y fútbol con hasta 20.000 espectadores en las gradas, según las crónicas locales. Además, en el lago del gran parque se multiplicaron las pruebas de natación, la esgrima se desarrolló en la escuela de Joinville, el rugby se vio en el campo militar de Auvors y el tiro se trasladó al campo militar de Le Mans.

Se invitó a 18 países de cuatro continentes (se excluyó a Alemania) y sólo participaron militares aliados. No obstante, la condición de ser soldados no varió mucho las competiciones puesto que muchos de los hombres destacados repetirían en los oficiales de Amberes 1920. Por ejemplo, Norman Ross ganó cinco eventos en el agua de París y tres carreras a nado en Bélgica un año después. Charles Paddock venció en dos pruebas atléticas en 1919, mientras que en el siguiente evento se colgaría dos medallas como campeón y una como subcampeón. Además, para la historia del deporte se registraron iniciativas como las del norteamericano Max 'Marty' Friedman, que organizó un torneo de baloncesto de 600 equipos; o la del futbolista griego Giorgos Kalafatis, quien recopiló información sobre el baloncesto y el voleibol, deportes desconocidos en su país, para después fundar el famoso club multidisciplinar Panathinaikos.

Al COI no le bastó el número de participantes o su entidad para reconocer de alguna manera aquella edición. Prefirieron volver a elegir sede con sus propios métodos para 1920. En aquella edición en Amberes no recibirían invitación ni Alemania ni sus aliados Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía. Rusia tampoco acudió por estar en medio de una cruenta guerra civil.

París 1919 nunca fue reconocido como olímpico ni su legado como gran acontecimiento aunque países como Australia lo incluyan como uno de los momentos a recordar de su historia. «A pesar de su tamaño y de sus buenas intenciones, no tuvieron un efecto perceptible ni en la diplomacia ni en los Juegos Olímpicos y nos recuerda, como historiadores del deporte, como algo un poco más grande que un 'meeting' en París en el verano de 1919», sostiene John Findling, de la Universidad de Indiana. «Las razones de esta falta de significado incluyen la mala suerte con la oportunidad. Los organizadores de los juegos no tenían manera de saber que el Tratado de Versalles, que oficializó el fin de la Primera Guerra Mundial, sería firmado en mitad de la competición. La magnitud de este evento histórico naturalmente redujo las otras noticias en los periódicos. Otro problema para la cobertura de los Juegos Inter-Aliados fue el combate de los pesos pesados entre Jess Willard y Jack Dempsey, el primer gran título en cuatro años. Esta pelea dominó las noticias de deportes en Estados Unidos y Europa. Otro problema podría ser la dominación total de los (deportistas) americanos», explica el experto estadounidense.

Aunque los Juegos Inter-Aliados no recibieron el apellido olímpico, la celebración sí acercó a franceses y estadounidenses, puesto que los norteamericanos regalaron las instalaciones a los anfitriones. Curiosamente, el estadio Pershing conseguiría lo el reconocimiento negado al motivo de su construcción. Sería olímpico en París 1924, cuando el recinto albergó algunos partidos de fútbol.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Historias Olímpicas: Sin oro por culpa del sujetador


Dorothy Odam fue subcampeona olímpica en 1936. Dorothy Tyler fue subcampeona olímpica en 1948. La única diferencia entre ellas es la edad y su estado civil porque ambos apellidos corresponden la misma persona, una atleta británica que por diferentes vicisitudes no pudo disfrutar del oro olímpico en un carrera contra casi todo lo imaginable.

Dorothy se colgó su primera plata con 16 años. En Berlín se estrenó en una de las primeras seis pruebas olímpicas en que se permitió participar a las mujeres. Después de tres horas de competición con un calor asfixiante, la británica con el dorsal 284 fue quien logró saltar con menos intentos la mayor altura (1,60 metros), pero no le dieron la medalla dorada porque entonces las reglas obligaban a un salto de desempate cuando dos saltadoras estaban igualadas. La normativa actual le habría dado el oro.

El primer puesto en Berlín fue para la húngara Ibolya Csak, pero Odam firmó unas de las palabras más recordadas de la historia olímpica. La adolescente acudió a una recepción con Adolf Hitler y cuando se le pedía que rememorara el siempre reconocía: «Sólo era un pequeño hombre en un gran uniforme. Alguien sugirió que debería haberle dado una bofetada, pero creo que eso simplemente me habría metido en problemas».

Durante la II Guerra Mundial la atleta voladora comenzó a trabajar como instructora y secretaria para las fuerzas aéreas británicas y se casó (cambió su apellido por el compuesto con el de su marido: Tyler-Odam). Poco antes tuvo tiempo de ganar una batalla contra Alemania en el tartán. En 1939 batió el récord del mundo del salto de altura (1,66 metros) y poco después le comunicaron que había sido superada por Dora Ratjen. Con su habitual estilo directo escribió una carta a los organismos oficiales con una observación: «No es una mujer. 'Ella' es un hombre». Las posteriores investigaciones le dieron la razón y en 1957 se le reconoció la marca por la Federación Internacional de Atletismo.

Acabada la II Guerra Mundial, cuando Tyler-Odam se enteró de que Londres albergaría unos nuevos Juegos Olímpicos no lo dudó aunque acabara de dar a luz por segunda vez. «Cuando Barry tenía dos meses empecé a entrenar de veras», señaló. Los medios británicos aseguraban que se había preparado en la postguerra aprovechando su tiempo en el hogar y ella lo negó. «No hacía labores en casa. No hacía mucho entrenamiento, pero mandaba a mi marido al carnicero porque daban mejores piezas a los hombres que a las mujeres», reconoció con su habitual sinceridad ya con 96 años a la periodista Janie Hampton.

Madre de plata

Nueve meses después del nacimiento de su hijo marchó hacia el estadio. «Habíamos dejado a los niños con la abuela, compramos el billete de autobús y me puse el mismo uniforme que en 1936», explicaba años después. De nuevo se repitió la historia: saltó la mayor altura en menos intentos que sus adversarias pero perdió en el desempate. Aunque se convirtió en la única deportista con medallas antes y después de la II Guerra Mundial, su éxito pudo haber sido mayor de no haberse vestido con el mismo uniforme que 12 años antes. «Era mi tercer intento cuando al ir corriendo hacia el salto se me rompió el tirante del sujetador y perdí la concentración. Si no fuera por ese sujetador habría sido oro. Como siempre, fui segunda», aseguraba con casi 90 años cumplidos.

Tyler-Odam compitió en dos Juegos Olímpicos más pero no subió al podio. Para entonces había cambiado su estilo a modo de tijeras por el del rodillo que triunfó hasta la revolución de Dick Foxbury con el salto de espaldas. Como atleta no llegó a practicar con el salto actual, pero se permitió bromear cuando pudo conocer en persona al estadounidense años después: «No puedes saltar primero con la cabeza. ¡Es hacer trampas!».

La británica Tyler-Odam murió con 94 años, cuatro participaciones olímpicas y varios récords. Además, su vida se nutrió de tantas y diferentes historias que se sintió plena y nunca reclamó campeonatos que habría conseguido en los tiempos actuales. «Perder la medalla de oro es algo que no me ha importado en absoluto. Estaba encantada, especialmente en 1936, cuando tenía sólo 16 años. Después de todo, las reglas son las reglas», sentenciaba la mujer que compitió contra un hombre, las penurias de la postguerra, las dificultades físicas tras la maternidad y el tirante de su sujetador.

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domingo, 6 de octubre de 2019

El Nobel mediofondista


Habitualmente los logros olímpicos convierten a los deportistas en famosos. Después de una medalla regresan a sus hogares con el reconocimiento de sus vecinos y durante un tiempo (en ocasiones muy breve) son exhibidos por los políticos con recibimientos, condecoraciones y ceremonias festivas para compartir su momento de esplendor.

Sin embargo, existe un ejemplo de un camino muy diferente, el de un deportista de cierto éxito que destacó internacionalmente más por sus progresos políticos constantes que por la plata que ganó en Amberes 1920. Al fin y al cabo, la vida de Philip Noel-Baker orbitó más en torno a los clubs de debate política que a los clubs de carreras y nunca se sirvió de su gloria deportiva.

El primer intento del británico sobre el tartán ocurrió en los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 tanto en los 800 como en los 1.500 metros. Entonces tenía 22 años y no pudo acabar la primera prueba. En la segunda prefirió ayudar a su compatriota Arnold Jackson, quien se colgó el oro mientras que Noel-Baker era sexto.

Después de aquel certamen las competencias deportivas quedaron en un segundo plano por el estallido de la I Guerra Mundial. El londinense, que era un cuáquero que practicaba un activo pacifismo, no permaneció en su casa con sermones en contra de la guerra, sino que se acercó a las trincheras para ayudar desde su perspectiva. Mientras permaneció en Inglaterra abogó por la no intervención británica en la Guerra Civil española y por la retirada de las sanciones a la Italia de Benito Mussollini. Durante el conflicto formó parte de una unidad de ayuda sanitaria en los frentes de Francia e Italia, recibió varias condecoraciones, medió en nombre de los refugiados y fue uno de los delegados en el Tratado de Versalles que selló la paz mundial.

Plata de postguerra

Después de la Gran Guerra mantuvo su actividad política y atlética. En los Juegos Olímpicos de Amberes volvió a intentar alcanzar la gloria de las zapatillas. Se clasificó para las semifinales de 800 metros, aunque prefirió reservarse para los 1.500, que era su mejor prueba, y renunció a la carrera que daba acceso a la final de las dos vueltas al estadio olímpico. La elección resultó exitosa porque fue segundo en la milla, sólo superado por su compatriota Albert Hill.

Noel-Baker tenía 30 años cuando se proclamó subcampeón olímpico y sería padre por primera vez ese mismo año. Sin embargo, sus mayores aportaciones a la humanidad ya eran anteriores a Amberes y se extenderían mucho tiempo después. Contribuyó desde sus puestos en el gobierno británico y en la Liga de Naciones a promover el pacifismo, el control de las armas y la colaboración universal. Sus logros y estímulos le valieron el premio Nobel de la Paz en 1959 por su «ardiente trabajo durante toda una vida por la paz internacional y la cooperación».

El famoso galardón le permitió amplificar su mensaje más que ser el segundo más rápido en una prueba atlética universal. «Nunca ha admitido la derrota, sino que ha mirado incondicionalmente al futuro, hacia un nuevo y mejor mundo», sentenció Gunnar Jahn, presidente del comité que le entregó el premio. Gracias al dedo de la academia sueca se popularizaron varios de sus libros sobre el control de armas.

Retirado de la Cámara de los Comunes británica con 80 años, Noel-Baker nunca nunca abandonó el espíritu que le ayudó a ser un mediofondista de alto nivel y premio Nobel: «Mientras tenga la salud y la fuerza, debería ocupar mi tiempo en trabajar en romper los prejuicios durmientes de aquellos que permiten que continúe la carrera nuclear, química, biológica y de armas convencionales».

Murió con 92 años, con un mensaje como legado pacifista, una medalla de plata 'al Valor Militar' otorgada por Italia y otra olímpica por su capacidad atlética.

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miércoles, 19 de junio de 2019

Historias olímpicas: Alan Turing, el maratoniano que venció a los nazis


Alan Turing escondió gran parte de su vida al mundo por su carácter y por sus peligros. Descifrar Enigma, la máquina nazi que encriptaba mensajes, fue un avance decisivo en la II Guerra Mundial, pero no podía ser un asunto público, pensaba su gobierno. En el ámbito privado, su homosexualidad tampoco podía ser revelada porque las leyes de su país eran muy restrictivas. Sin embargo, lo que todo el mundo podía saber del padre de la inteligencia artificial es que el lógico de Chesire era un maratoniano, un profesor aficionado a la carrera que aspiró a la gloria olímpica.
No obstante, el interés de Turing por correr largas distancias se construyó a largo plazo. Durante su juventud prefería el remo o el fútbol y sólo en días de mal tiempo optaba por ser 'runner' para mantener la forma. Una vez superada la II Guerra Mundial en que trabajó de manera exitosa en tareas de espionaje -sin reconocimiento oficial hasta tiempos recientes-, el treinteañero empezó a devorar millas y millas con sus pies. Según sus diarios, trataba de recorrer 32 kilómetros al día para completar su objetivo de 160 por semana.

Los éxitos de Turing en el asfalto se sucedieron. A sus 33 años, compitió en una prueba de 5.000 metros en que terminó a seis segundos del campeón olímpico de la distancia, Alec Onley. A pocos se les escapaba su potencial al verle. Fue reclutado para el club de Walton después de que adelantara a un grupo de corredores durante un entrenamiento por el campo. «Habíamos oído hablar de él antes de verle. Hacía un terrible gruñido cuando corría, pero nos pasó como una bala. Le invitamos a unirse. Inmediatamente se convirtió en nuestro mejor corredor», recordaba J.F. Harding, uno de los testigos y secretario del club cercano al laboratorio de trabajo de Turing.

El británico pareció elaborar un sistema lógico para alcanzar los Juegos Olímpicos de Londres en 1948. En 1947 tuteó en diferentes pruebas a Tommy Richards, el futuro subcampeón olímpico; y Stan Jones, ganador de los 'trials' de selección para Londres 1948. Incluso, su incipiente popularidad llevó a una revista especializada a reseñar el rendimiento de un atleta con un estilo «torpe y torcido» que completaba con una dieta rica en carbohidratos. «A Turing le gustaba sorprender a sus colegas corriendo hacia las reuniones científicas, derrotando a los que viajaban en transporte público», según su biógrafo, Andrew Hodges.

El punto culminante del matemático atleta podría haber sido el maratón de los Juegos Olímpicos de su país en 1948. Sin embargo, un infortunio le impidió completar su proyecto. Aunque estaba inscrito en las pruebas que servían de clasificación se ausentó en una de ellas, supuestamente por lesión, y fue registrado como el quinto en la lista en la selección. Cuando se celebró la competición su compatriota Richards se colgó la plata con un tiempo sólo 11 minutos mejor que la mejor marca del genio.

Según la documentación de sus biógrafos, el precursor de la informática moderna y creador de la 'Máquina de Turing' prosiguió con sus andanzas hasta que en 1950 una lesión en la pierna le obligó a detenerse. Prosiguió con sus investigaciones y sus aportaciones a la ciencia y a su país hasta que fue condenado por homosexualidad en 1952, algo que le preocupó por la posibilidad de que ensombreciera su trabajo. Fue tratado con hormonas y la llamada 'castración' química. Murió dos años después en extrañas circunstancias con un legado extenso a la humanidad y con una pequeña contribución al atletismo que hoy se honra con un maratón en su nombre.

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martes, 18 de junio de 2019

Historias olímpicas: Pigmeos contra cucapás, la farsa de las 'Olimpiadas especiales'


Se alinearon cucapás de México, ainus de Japón, pigmeos de África, moros de Filipinas, indios nativos americanos y tribus patagónicas. Las pruebas incluyeron salto de altura y de longitud, trepar a los árboles, tiro con arco, lanzamiento de peso y jabalina, lucha y hasta un partido de lacrosse. Se incorporaron dentro del programa de San Luis en 1904 y se bautizaron como 'Olimpiadas Especiales'. Todo completó un circo que trataba de demostrar la superioridad del hombre civilizado sobre los «salvajes» en una época en que los zoológicos humanos se extendían por Occidente y el concepto resultó tan vergonzoso que el Comité Olímpico Internacional (COI) reconoce en su historia oficial que es «el acto más condenable» de aquel evento que horrorizaría a Pierre de Coubertin, el impulsor del movimiento deportivo.
La idea de organizar un evento de tribus se le ocurrió a James Edward Sullivan, el mismo que consiguió arrebatar a Chicago la organización de los Juegos en favor de la ciudad más grande de Misuri, donde se celebrarían en paralelo a la Exposición Universal de San Luis gracias a la ayuda del presidente estadounidense Theodore Roosevelt. El emprendedor quiso llevar a cabo una demostración de la corriente contemporánea que aseguraba la «superioridad física» del hombre civilizado sobre los «primitivos» o «salvajes». Aprovechó algunas exhibiciones y la existencia de zoológicos humanos para reclutar los competidores de lo que designó como 'Días de antropología' porque su colega William McGee sostenía que serviría para recopilar datos que confirmarían la jerarquía racial.
Las pruebas tuvieron lugar el 12 y el 13 de agosto, apartadas de las habituales de los Juegos Olímpicos. Pagados, engañados u obligados, diferentes hombres -no hubo ninguna mujer- representaron a las tribus elegidas. Sin embargo, los eventos se alejaban de cualquier posibilidad de experimento científico o incluso de rivalidad deportiva. Debido al problema de los diferentes idiomas o de que algunos ni siquiera sabían que se trataba de una competición se sucedieron los malentendidos. Por ejemplo, en las carreras a pie muchos se sorprendieron al llegar a la cinta final y se pararon, pasaron por debajo o simplemente no rompieron la tira que servía de meta para el vencedor. En lanzamiento de peso se usó un bloque de 25 kilogramos. Sólo tres «salvajes» lo intentaron y una vez y renunciaron a una actividad que vieron como ridícula, según los historiadores. La jabalina resultó un fracaso y el waterpolo se descartó desde el primer momento. En contra de los presupuestos de Sullivan, el evento apenas atrajo a gente.
Grotesca exhibición
La celebración de las 'olimpiadas especiales' indignó al COI. «Esta grotesca exhibición de aborígenes fue una desgracia para la historia social americana, justificada por Sullivan como una demostración científica de los presuntos salvajes», escribe en su historia oficial. Coubertin, ausente en San Luis, «se horrorizó». «Esta farsa indignante perderá cualquier atractivo cuando los hombres negros, rojos y amarillos aprendan a correr, saltar y lanzar y dejen a los blancos por detrás», señaló el barón francés que no quería que las mujeres compitieran en los Juegos.
A pesar de la tensa relación con el COI, Sullivan fue secretario del Comité Olímpico de los Estados Unidos en los siguientes Juegos, de los que regresó pregonando la supremacía de Estados Unidos y criticando a los británicos, cuyo atletismo «comenzaba a degenerar», En Estocolmo 1912 impidió desde su puesto que acudieran mujeres a las pruebas de natación, aunque tuvo que sorprenderse de como Jim Thorpe, hijo de un irlandés y una india nativa americana, dominaba el decatlón y el pentatlón. Aquel mestizo norteamericano nacido presuntamente en 'territorio indio' no necesitó unas 'Olimpiadas especiales' para convertirse en una estrella olímpica. Sullivan murió en 1914, después de una operación en los intestinos.

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