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lunes, 14 de octubre de 2019

Los Juegos que no fueron olímpicos


En pleno fervor por popularizar sus Juegos Olímpicos, a Pierre de Frédy, barón de Coubertin, le frenó la tragedia de la I Guerra Mundial. Todo había sido preparado para que en el año 1916 en Berlín se disputara la sexta edición universal, incluso con un nuevo estadio para 60.000 espectadores inaugurado, pero la realidad del conflicto bélico espantó cualquier pensamiento sobre la reunión deportiva. Aunque se canceló el certamen por razones obvias, se incluyó al proyecto en el historial de Juegos Olímpicos por decisión del Comité Olímpico Internacional (COI). «Un Juego Olímpico puede no celebrarse, pero su cifra permanece», sentenció Coubertin.

Años después de lo previsto, una vez acabada la confrontación mundial de facto, regresó la idea de recuperar una competición universal. Con la inercia de los países ganadores de la guerra y la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA, por sus siglas en inglés) surgieron los Juegos Inter-Aliados, un evento que aspiraba a recoger el espíritu olímpico y que se celebraría en París. El mayor impulso procedió de Estados Unidos, el país menos castigado de la contienda, que ayudó a construir un nuevo estadio (Stade Pershing) en el bosque de Vincennes, al este de la capital francesa, una zona en la que ya se celebraron algunas pruebas en los Juegos Olímpicos de 1900. Hubo desfile inaugural, competiciones de atletismo, boxeo, baloncesto y fútbol con hasta 20.000 espectadores en las gradas, según las crónicas locales. Además, en el lago del gran parque se multiplicaron las pruebas de natación, la esgrima se desarrolló en la escuela de Joinville, el rugby se vio en el campo militar de Auvors y el tiro se trasladó al campo militar de Le Mans.

Se invitó a 18 países de cuatro continentes (se excluyó a Alemania) y sólo participaron militares aliados. No obstante, la condición de ser soldados no varió mucho las competiciones puesto que muchos de los hombres destacados repetirían en los oficiales de Amberes 1920. Por ejemplo, Norman Ross ganó cinco eventos en el agua de París y tres carreras a nado en Bélgica un año después. Charles Paddock venció en dos pruebas atléticas en 1919, mientras que en el siguiente evento se colgaría dos medallas como campeón y una como subcampeón. Además, para la historia del deporte se registraron iniciativas como las del norteamericano Max 'Marty' Friedman, que organizó un torneo de baloncesto de 600 equipos; o la del futbolista griego Giorgos Kalafatis, quien recopiló información sobre el baloncesto y el voleibol, deportes desconocidos en su país, para después fundar el famoso club multidisciplinar Panathinaikos.

Al COI no le bastó el número de participantes o su entidad para reconocer de alguna manera aquella edición. Prefirieron volver a elegir sede con sus propios métodos para 1920. En aquella edición en Amberes no recibirían invitación ni Alemania ni sus aliados Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía. Rusia tampoco acudió por estar en medio de una cruenta guerra civil.

París 1919 nunca fue reconocido como olímpico ni su legado como gran acontecimiento aunque países como Australia lo incluyan como uno de los momentos a recordar de su historia. «A pesar de su tamaño y de sus buenas intenciones, no tuvieron un efecto perceptible ni en la diplomacia ni en los Juegos Olímpicos y nos recuerda, como historiadores del deporte, como algo un poco más grande que un 'meeting' en París en el verano de 1919», sostiene John Findling, de la Universidad de Indiana. «Las razones de esta falta de significado incluyen la mala suerte con la oportunidad. Los organizadores de los juegos no tenían manera de saber que el Tratado de Versalles, que oficializó el fin de la Primera Guerra Mundial, sería firmado en mitad de la competición. La magnitud de este evento histórico naturalmente redujo las otras noticias en los periódicos. Otro problema para la cobertura de los Juegos Inter-Aliados fue el combate de los pesos pesados entre Jess Willard y Jack Dempsey, el primer gran título en cuatro años. Esta pelea dominó las noticias de deportes en Estados Unidos y Europa. Otro problema podría ser la dominación total de los (deportistas) americanos», explica el experto estadounidense.

Aunque los Juegos Inter-Aliados no recibieron el apellido olímpico, la celebración sí acercó a franceses y estadounidenses, puesto que los norteamericanos regalaron las instalaciones a los anfitriones. Curiosamente, el estadio Pershing conseguiría lo el reconocimiento negado al motivo de su construcción. Sería olímpico en París 1924, cuando el recinto albergó algunos partidos de fútbol.

domingo, 6 de octubre de 2019

El Nobel mediofondista


Habitualmente los logros olímpicos convierten a los deportistas en famosos. Después de una medalla regresan a sus hogares con el reconocimiento de sus vecinos y durante un tiempo (en ocasiones muy breve) son exhibidos por los políticos con recibimientos, condecoraciones y ceremonias festivas para compartir su momento de esplendor.

Sin embargo, existe un ejemplo de un camino muy diferente, el de un deportista de cierto éxito que destacó internacionalmente más por sus progresos políticos constantes que por la plata que ganó en Amberes 1920. Al fin y al cabo, la vida de Philip Noel-Baker orbitó más en torno a los clubs de debate política que a los clubs de carreras y nunca se sirvió de su gloria deportiva.

El primer intento del británico sobre el tartán ocurrió en los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 tanto en los 800 como en los 1.500 metros. Entonces tenía 22 años y no pudo acabar la primera prueba. En la segunda prefirió ayudar a su compatriota Arnold Jackson, quien se colgó el oro mientras que Noel-Baker era sexto.

Después de aquel certamen las competencias deportivas quedaron en un segundo plano por el estallido de la I Guerra Mundial. El londinense, que era un cuáquero que practicaba un activo pacifismo, no permaneció en su casa con sermones en contra de la guerra, sino que se acercó a las trincheras para ayudar desde su perspectiva. Mientras permaneció en Inglaterra abogó por la no intervención británica en la Guerra Civil española y por la retirada de las sanciones a la Italia de Benito Mussollini. Durante el conflicto formó parte de una unidad de ayuda sanitaria en los frentes de Francia e Italia, recibió varias condecoraciones, medió en nombre de los refugiados y fue uno de los delegados en el Tratado de Versalles que selló la paz mundial.

Plata de postguerra

Después de la Gran Guerra mantuvo su actividad política y atlética. En los Juegos Olímpicos de Amberes volvió a intentar alcanzar la gloria de las zapatillas. Se clasificó para las semifinales de 800 metros, aunque prefirió reservarse para los 1.500, que era su mejor prueba, y renunció a la carrera que daba acceso a la final de las dos vueltas al estadio olímpico. La elección resultó exitosa porque fue segundo en la milla, sólo superado por su compatriota Albert Hill.

Noel-Baker tenía 30 años cuando se proclamó subcampeón olímpico y sería padre por primera vez ese mismo año. Sin embargo, sus mayores aportaciones a la humanidad ya eran anteriores a Amberes y se extenderían mucho tiempo después. Contribuyó desde sus puestos en el gobierno británico y en la Liga de Naciones a promover el pacifismo, el control de las armas y la colaboración universal. Sus logros y estímulos le valieron el premio Nobel de la Paz en 1959 por su «ardiente trabajo durante toda una vida por la paz internacional y la cooperación».

El famoso galardón le permitió amplificar su mensaje más que ser el segundo más rápido en una prueba atlética universal. «Nunca ha admitido la derrota, sino que ha mirado incondicionalmente al futuro, hacia un nuevo y mejor mundo», sentenció Gunnar Jahn, presidente del comité que le entregó el premio. Gracias al dedo de la academia sueca se popularizaron varios de sus libros sobre el control de armas.

Retirado de la Cámara de los Comunes británica con 80 años, Noel-Baker nunca nunca abandonó el espíritu que le ayudó a ser un mediofondista de alto nivel y premio Nobel: «Mientras tenga la salud y la fuerza, debería ocupar mi tiempo en trabajar en romper los prejuicios durmientes de aquellos que permiten que continúe la carrera nuclear, química, biológica y de armas convencionales».

Murió con 92 años, con un mensaje como legado pacifista, una medalla de plata 'al Valor Militar' otorgada por Italia y otra olímpica por su capacidad atlética.

En español en el original