Reportajes culturales, históricos, sobre deporte y más de Javier Bragado Herrero
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jueves, 17 de octubre de 2019
Arnold Guttman: Oro olímpico en natación, plata olímpica en arquitectura
Si Arnold Guttman hubiera nacido en Italia entre los siglos XV y XVI habría sido considerado como paradigma de hombre renacentista. Pero el omnímodo judío nació en Hungría en el siglo XIX y su legado se ha encuadrado como la encarnación de inusual talento capaz de combinar combinó de manera exitosa el deporte y las artes.
Para su desgracia, la gloria de Guttman comenzó con un suceso trágico. Era un muchacho de 13 años cuando vio cómo su padre se ahogaba en el Danubio. Ante la muerte de su progenitor decidió que para evitar otra tragedia sería un gran nadador. El empeño le impulsó incluso a cambiar su nombre y en una época de fervor nacionalista húngaro decidió rebautizarse como Alfréd Hajós (el apellido significa marinero).
Sus hazañas deportivas alcanzaron un alto nivel en los primeros Juegos Olímpicos, años después de vencer en los Campeonatos de Europa de Natación. En las peculiares pruebas que organizaron los griegos en 1896 venció en las especialidades de 100 y de 1.200 metros. «La carrera de 500 metros es probable que simplemente no la ganara porque no llegara a la salida después de la última carrera», asegura Nikoletta Nagy, profesora asistente en la Universidad de Educación Física de Budapest sobre el calendario que agrupó en un sólo día todas las competiciones en el agua.
El término 'hazaña' se acuñó por las condiciones del mar, donde se desarrollaron las carreras. Olas de cuatro metros y una temperatura de 11 grados amenazaron a los escasos atrevidos. De hecho, 'el delfín húngaro' fue el único en completar la distancia entre la plataforma en el mar y la meta. Aunque Hajós sufrió más allá de la competición deportiva. El magiar se había puesto una masa de grasa en el cuerpo para protegerse del frío, pero poco duró la sensación y trató de acercarse al barco de rescate que acompañaba a los competidores. Pero la embarcación navegaba más lejos de lo deseado y el deportista judío debió completar el recorrido al borde del ahogo y de la hipotermia. Después reconoció que durante los veinte minutos que duró la prueba fue más el instinto de supervivencia lo que estimuló sus brazadas que la idea de ganar: «Mi mayor lucha fue contra las olas y el agua terriblemente fría». Por ser campeón recibió una medalla de plata, una rama de olivo y un diploma (el oro todavía no era el metal para los ganadores).
Futbolista y atleta
Después de aquella gloria y tortura diversificó su dedicación al deporte mientras que su hermano Henrik ganó un oro en Atenas 1906 en los relevos 4x250 estilo libre. «Hajós y otros crearon el primer equipo de fútbol nacional húngaro oficial y jugó el primer partido oficial (con victoria contra Bohemia-Moravia por 5 a 2). Fue el seleccionador nacional y el capitán del equipo», recuerda el sociólogo deportivo y historiador, Péter Szegedi en la fundación que lleva el nombre de la inspiración húngara.
Los éxitos olímpicos de Hajós no terminaron en las piscinas, los campos de fútbol o en las pruebas de atletismo en que también destacó. Veintiocho años después de sus dos triunfos en el mar griego se presentó a la competición de artes impulsada por el Barón de Coubertain, que se celebró hasta 1948 de manera paralela a la estrictamente física. En París 1924 fue premiado con una medalla de plata (el primer puesto quedó huérfano) por el proyecto del estadio olímpico, codiseñado con el antiguo tenista Dezso Lauber, influido por el estilo Art Noveau. Intentó repetir éxito con otros proyectos en Ámsterdam 1928 y Los Ángeles 1932 sin subirse al particular podio.
Alfréd Hajós murió en noviembre de 1955 en Budapest, a los 77 años. Gracias a su vida polifacética el 'marinero' dejó en su país un legado extenso y diverso. Fue el primer nadador olímpico de la historia, inspiró a los hombres con ambiciones renacentistas y algunas de sus obras perduran hoy en día. Además de otras edificaciones civiles, el recinto nacional de natación, en el que se disputaron los Europeos en 2006, y el estadio de fútbol del Újpest se forjaron en su mente y se dibujaron en sus planos. Quizás las ideas durante sus sesiones de nado. O en su formación como arquitecto. Igualmente, por ambas probó la gloria olímpica.
En español en el original
lunes, 14 de octubre de 2019
Los Juegos que no fueron olímpicos
En pleno fervor por popularizar sus Juegos Olímpicos, a Pierre de Frédy, barón de Coubertin, le frenó la tragedia de la I Guerra Mundial. Todo había sido preparado para que en el año 1916 en Berlín se disputara la sexta edición universal, incluso con un nuevo estadio para 60.000 espectadores inaugurado, pero la realidad del conflicto bélico espantó cualquier pensamiento sobre la reunión deportiva. Aunque se canceló el certamen por razones obvias, se incluyó al proyecto en el historial de Juegos Olímpicos por decisión del Comité Olímpico Internacional (COI). «Un Juego Olímpico puede no celebrarse, pero su cifra permanece», sentenció Coubertin.
Años después de lo previsto, una vez acabada la confrontación mundial de facto, regresó la idea de recuperar una competición universal. Con la inercia de los países ganadores de la guerra y la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA, por sus siglas en inglés) surgieron los Juegos Inter-Aliados, un evento que aspiraba a recoger el espíritu olímpico y que se celebraría en París. El mayor impulso procedió de Estados Unidos, el país menos castigado de la contienda, que ayudó a construir un nuevo estadio (Stade Pershing) en el bosque de Vincennes, al este de la capital francesa, una zona en la que ya se celebraron algunas pruebas en los Juegos Olímpicos de 1900. Hubo desfile inaugural, competiciones de atletismo, boxeo, baloncesto y fútbol con hasta 20.000 espectadores en las gradas, según las crónicas locales. Además, en el lago del gran parque se multiplicaron las pruebas de natación, la esgrima se desarrolló en la escuela de Joinville, el rugby se vio en el campo militar de Auvors y el tiro se trasladó al campo militar de Le Mans.
Se invitó a 18 países de cuatro continentes (se excluyó a Alemania) y sólo participaron militares aliados. No obstante, la condición de ser soldados no varió mucho las competiciones puesto que muchos de los hombres destacados repetirían en los oficiales de Amberes 1920. Por ejemplo, Norman Ross ganó cinco eventos en el agua de París y tres carreras a nado en Bélgica un año después. Charles Paddock venció en dos pruebas atléticas en 1919, mientras que en el siguiente evento se colgaría dos medallas como campeón y una como subcampeón. Además, para la historia del deporte se registraron iniciativas como las del norteamericano Max 'Marty' Friedman, que organizó un torneo de baloncesto de 600 equipos; o la del futbolista griego Giorgos Kalafatis, quien recopiló información sobre el baloncesto y el voleibol, deportes desconocidos en su país, para después fundar el famoso club multidisciplinar Panathinaikos.
Al COI no le bastó el número de participantes o su entidad para reconocer de alguna manera aquella edición. Prefirieron volver a elegir sede con sus propios métodos para 1920. En aquella edición en Amberes no recibirían invitación ni Alemania ni sus aliados Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía. Rusia tampoco acudió por estar en medio de una cruenta guerra civil.
París 1919 nunca fue reconocido como olímpico ni su legado como gran acontecimiento aunque países como Australia lo incluyan como uno de los momentos a recordar de su historia. «A pesar de su tamaño y de sus buenas intenciones, no tuvieron un efecto perceptible ni en la diplomacia ni en los Juegos Olímpicos y nos recuerda, como historiadores del deporte, como algo un poco más grande que un 'meeting' en París en el verano de 1919», sostiene John Findling, de la Universidad de Indiana. «Las razones de esta falta de significado incluyen la mala suerte con la oportunidad. Los organizadores de los juegos no tenían manera de saber que el Tratado de Versalles, que oficializó el fin de la Primera Guerra Mundial, sería firmado en mitad de la competición. La magnitud de este evento histórico naturalmente redujo las otras noticias en los periódicos. Otro problema para la cobertura de los Juegos Inter-Aliados fue el combate de los pesos pesados entre Jess Willard y Jack Dempsey, el primer gran título en cuatro años. Esta pelea dominó las noticias de deportes en Estados Unidos y Europa. Otro problema podría ser la dominación total de los (deportistas) americanos», explica el experto estadounidense.
Aunque los Juegos Inter-Aliados no recibieron el apellido olímpico, la celebración sí acercó a franceses y estadounidenses, puesto que los norteamericanos regalaron las instalaciones a los anfitriones. Curiosamente, el estadio Pershing conseguiría lo el reconocimiento negado al motivo de su construcción. Sería olímpico en París 1924, cuando el recinto albergó algunos partidos de fútbol.
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