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Reportajes culturales, históricos, sobre deporte y más de Javier Bragado Herrero
martes, 29 de octubre de 2019
Los Juegos Olímpicos de los cigarrillos
Los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 son recordados siempre con la palabra perfección. La gimnasta Nadia Comaneci selló su eternidad con su 10 y desde entonces los aniversarios recuperan esa imagen del certamen canadiense. Pero aquellos días no fueron tan perfectos y de manera paradójica el deporte contó con el tabaco como un inesperado aliado clave para su supervivencia.
En primer lugar, el encendido del pebetero en Montreal resultó llamativo porque se llevó a cabo por dos personas de manera conjunta para simbolizar la unión de la cultura francófona y la anglófona del país. El espíritu olímpico aplaudió la novedad. Pero cinco días después de la inauguración se produjo un incidente inesperado. Una gran tormenta inundó el recipiente que protegía la llama y esta se extinguió. Ante la situación, un empleado desconocido reaccionó con rapidez con el mechero con el que encendía sus cigarrillos para recuperar la llama.
Ante la consternación de los oficiales y su protocolo, se optó por volver a apagar el fuego para emplear una de las llamas de reserva habituales prendidas con la llama original griega. «El 22 de julio en Montreal, una violenta tormenta provocó que la llama olímpica se desvaneciera. El incidente tuvo lugar a las 13:55 y fue vuelta a encender las 14:57 usando una llama reserva guardada en el estadio olímpico», reconoce el informe oficial de aquellos Juegos.
Aquel incidente no fue el único que vinculó a los cigarrillos con Montreal 1976. Los Juegos canadienses cuentan con el récord de ser los más costosos de la historia moderna y fueron sufragados gracias a un impuesto sobre el tabaco en Quebec. El sobrecoste de la Villa Olímpica, un complejo de apartamentos postmodernos, unas instalaciones de actividades deportivas, la construcción de edificaciones al aire libre, los aparcamientos y el velódromo (que fue readaptado posteriormente) se sufragaron básicamente por la carga impositiva a los cigarrillos en Quebec durante más años de lo previsto.
De hecho, las normas antitabaco del siglo XXI provocaron que el estadio, al que popularmente se llamaba The Big Owe (la gran deuda), se terminara de pagar en 2006. Una década antes los ciudadanos de Montreal habían visto caer una zona de 55 toneladas del techo que prolongó de nuevo la deuda y la tasa de los cigarrillos hasta 40 años después de la celebración. En esa ocasión no bastó con un mechero para arreglar el inconveniente.
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lunes, 28 de octubre de 2019
Historias olímpicas: Suicidio por un oro para Japón
«En caso de necesidad, ofreced vuestra vida al Estado y preservad así la prosperidad de nuestro trono imperial, tan antiguo como el cielo y la tierra», reza el sermón del Kyoiku chokugo, el Rescripto Imperial de 1891. En apenas 315 caracteres se concentra la educación que permite entender al pueblo japonés del siglo pasado y la salida del suicidio cuando no se cumplía con las tareas patrióticas en Japón. Después de su brusco cambio de su era medieval a la contemporánea la figura del emperador trató de fomentar la fidelidad a su causa unida al fervor nacionalista y desprecio al foráneo. Como en otras ocasiones y lugares los Juegos Olímpicos resultaron una excusa perfecta para impulsar las proclamas y Tokio 1964 se revelaron como la oportunidad perfecta. De hecho, los anfitriones fueron terceros en el medallero y pudieron lucir orgullosos su incorporación a las potencias mundiales gracias a que los deportistas locales cumplieron con su deber.
Pero de todos los japoneses que participaron de alguna manera en aquellos Juegos Olímpicos hubo uno que sintió lo opuesto al orgullo a pesar de su buen resultado. Tras su sexto puesto en la prueba de 10.000 metros Kokichi Tsuburaya, un joven de 24 años, sufrió su momento de protagonismo en el último día del evento, el día de la magia del maratón. Después de 42 kilómetros de carrera, el muchacho de Fukushima se presentó en segunda posición en el estadio. Apuntaba a subcampeón apoyado por los ánimos de sus compatriotas y sólo precedido por el legendario Abebe Bikila. Pero el estadounidense Basil Heatley rompió la atmósfera al sorprender al atleta local en la última vuelta con una remontada espectacular. «No sabía que estaba compitiendo por la plata, ¡pero le cambié al japonés la medalla de plata por la de bronce delante de su público y del emperador!», reconoció el norteamericano años después.
Aunque Tsuburaya conquistó la primera medalla en el atletismo para Japón en 28 años, la vergüenza y la humillación invadieron su ánimo desde el momento en que cruzó la meta del maratón. «He cometido un error imperdonable delante del pueblo japonés. Tengo que reparar el daño corriendo e izando el Hinomaru (bandera del sol naciente) en los próximos Juegos Olímpicos, en México», confesó a su compañero Kenji Kimihara.
Para subir a lo más alto del podio, el fondista accedió a una disciplina espartana. Le apartaron de su prometida durante la preparación y se empleó a fondo en los entrenamientos. Desgraciadamente para él, aquellos esfuerzos provocaron varios lesiones y finalmente un lumbago agudo que retrasó su preparación. Cuando en enero de 1968 se preparaba para los Juegos Olímpicos que se celebrarían en el país norteamericano con la expedición japonesa se percató de que no podría alcanzar su venganza. No habría «prosperidad» para el Estado y el trono imperial. Como era habitual en la tradición de su país, escribió una carta de despedida para explicar su decisión. Después, se cortó las muñecas y murió desangrado. Sus compañeros cuentan que le encontraron en la habitación del hotel aferrado a la medalla de bronce de Tokio 1964.
El atleta, la nación
El suicidio no se produjo por ambición de gloria o superación de límites personales, sino por las mismas razones que forzaron a sus compatriotas desde que se impuso la filosofía del Rescripto Imperial. «Con la generación de Tsuburaya se demostró claramente la transformación del 'espíritu del deporte'», indica una estudio de la universidad japonesa de Waseda. «A través de Tsuburaya se reconoció que los atletas se comprometen a una expectativa excesiva generada alrededor de ellos y las presiones sociales sobre la victoria y la derrota. Se cree que la muerte de Tsuburaya es un claro problema de la pérdida de identidad para los atletas. Además, se incide en 'el reconocimiento de que los atletas modernos representan la nación', un vínculo definitivo entre el 'espíritu de deporte y la reproducción de un discurso'», concluye el informe académico. «Kokichi está agotado hasta la extenuación. Por favor, perdonadme. Sé que he causado vuestra continua preocupación y dolor. Todo lo que realmente quería era ser capaz de vivir cerca de vosotros», había escrito en la nota de suicidio a sus padres, según la traducción más difundida.
En la despedida epistolar también dedicó unas líneas para sus compañeros y entrenadores: «Perdón porque soy incapaz de mantener mi promesa. Rezo por vuestro éxito en los Juegos Olímpicos de México». Kenji Kimihara, confesor y compañero que vivió de cerca el suicidio de Tsuburaya, consiguió la plata en México 1968 y fue quinto en 1982. La diferencia fue que disfrutó de una gloria olímpica con menor presión después de la muerte de su predecesor.
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jueves, 24 de octubre de 2019
Las extraordinarias exhumaciones de José Antonio
Los primeros pasos se dieron en 1939, aunque las tropas nacionales habían recogido en Alicante el cadáver de José Antonio, ejecutado por conspiración y rebelión militar por las autoridades republicanas el 20 de noviembre de 1936. El dictador Francisco Franco decidió años después que recibiría sepultura entre los reyes de España en el cementerio del monasterio de San Lorenzo del Escorial. El camino hasta la localidad madrileña lo convirtió en icono. Cada ingrediente del traslado fue épico por deseo de Francisco Franco. «Fue espectacular. Fue la mayor muestra culto cívico fascista que se hizo nunca en España. Implicó a la población de toda la ciudad de Alicante con barcos, el ejército, etc.; hubo marchas día y noche sobre todo con la vieja guardia falangista; en cada pueblo que pasaba había repique campanas y cantos de coros. Todo eso era iluminado con antorchas. Fue impresionante», recuerda el catedrático de Historia Contemporánea Joan Maria Thomàs en la Universidad Rovira i Virgili. «Cuando llega a Madrid, la ciudad está paralizada, tomada como una parada militar. Llega hasta El Escorial, que es el mausoleo de los reyes de España; no hay sitio más importante en el país donde ponerlo», completa el historiador con la memoria fresca porque ha escrito recientemente la biografía 'José Antonio. Realidad y mito' (Debate).
Los 463 kilómetros del recorrido fueron recordados con 52 monolitos de dos metros de altura en los puntos de relevo de las falanges, según las cuentas del arqueólogo Franciso Pastos Muñoz. Aquellos 'releros' que fueron levantados por el departamento de Ceremonial y Plástica, dependiente de la Jefatura Nacional de Propaganda permanecieron durante años como una extensión de la proeza. Aquella primera exhumación cambió la imagen de un político que había liderado un partido que consiguió sólo un 0,7% de los votos en las últimas elecciones. Para ello se necesitaron dos facetas especiales. Por un lado, se miró a Italia y a Alemania para movilizar a las masas. «Es un ritual único, dura varios días y con traslados ininterrumpidos. El punto de vista coreográfico y puramente estético es de influencia fascista», avanza Zira Box, autora del estudio 'Pasión, muerte y glorificación de José Antonio Primo de Rivera'. Por el otro lado, la indudable intención de acercarle a Jesucristo. «Ejemplifica muy bien el poder que tiene Falange en ese momento, la idea de religión política. Primo de Rivera es exaltado muchas veces como un Cristo secular de nueva España, pero hay muchos paralelismos: esa muerte a los 33 años, predicó en el desierto y sólo una vez muerto se ven los frutos. Los dos han muerto por una causa y hay un punto mártir con el derrame de sangre», señala la profesora en Ciencias Sociales de la Universidad de Valencia, quien reconoce que comenzó la investigación interesada por la indudable influencia religiosa.
A pesar del pretendido homenaje, los investigadores señalan que aquella extraordinaria exhumación fue más una herramienta de Francisco Franco que un reconocimiento del caído. «Falange, como todos los partidos fascistas, busca movilizar a las masas. El fracaso es que no las logra movilizar antes de la guerra. Como partido fascista es fracasado y marginal comparado con lo que ocurrirá en otros países», ilustra Box. Primo de Rivera era la oportunidad del dictador para esa llamada a las masas. Por eso, dos años después de la ejecución, rescató al líder del partido. Y Primo de Rivera no podía protestar. «Fue, por supuesto, muy conveniente para Franco que José Antonio y el resto de líderes de la Falange fueran exterminados durante la Guerra Civil. Así, el fundador de la Falange Española pudo convertirse en el mártir oficial del regimen, y durante años fue sujeto del más extraordinario culto a la muerte en la moderna Europa Occidental», escribe el historiador Stanley G. Payne en su análisis político para 'Franquismo, el juicio de la historia' (Planeta).
Todo a pesar de que el hijo del dictador Miguel Primo de Rivera y el militar no se habían llevado bien. «Con Franco no había tenido muy buena relación. Durante la república, Franco era una persona muy cautelosa y Primo de Rivera estaba buscando un general que fuese capaz de encabezar un Golpe de Estado. Veía inicialmente que Franco, por su juventud, podía ser ese general, pero a partir de dos entrevistas que tuvieron se quedó frustrado. No había sido una relación fluida y había sido una decepción para José Antonio porque Franco era poco decidido, con una mirada poco enérgica y poco clara de cara a destruir la república, que es lo que quería hacer José Antonio», señala Thomàs con franqueza.
Una vez muerto el joven agitador, aquel general dubitativo se aprovechó de la semilla. «Los ulteriores lazos de Franco con la Falange nunca fueron precisamente cordiales: acabó con su independencia en 1937, forzándola a unirse con los carlistas y a aceptar el líder que él eligió; cosa que le resultó fácil porque ésta había perdido ya a su guía espiritual, José Antonio, y nunca consiguió un apoyo de las masas ni se desarrolló doctrinalmente», escribe en 'La dictadura de Franco en una perspectiva comparada' Edward Malefakis, catedrático de Historia Contemporánea de Europa en la Universidad de Columbia. La solución agradó a todos los supervivientes políticos y militares implicados. «José Antonio era el gran líder del partido, había sido fusilado durante la guerra y con ese gran traslado, por una parte, el régimen lo oficializaba como mártir y, por otra parte, los falangistas aprovechaban también para reivindicarse como los auténticos hacedores políticos del nuevo régimen porque los que controlaban el partido único eran falangistas de la época de José Antonio», indica Thomàs sobre las peleas políticas de la época. «Es una muestra de que el sector falangista de esos primeros años es muy potente y tiene cargos de mucha responsabilidad», completa Box.
El féretro llegó al monasterio el 30 de noviembre de 1939, veinte días después de su salida de Alicante. Franco estaba presente.
La segunda exhumación de Primo de Rivera fue distinta porque los poderes políticos habían cambiado, pero no dejó de ser amplificada. No hubo mujeres enlutadas llorando pero sí una exhibición de músculo de sus seguidores el 31 de marzo de 1959, un día antes de la inauguración oficial del Valle los Caídos. «Está más dentro de la lógica del Valle de los Caídos. El primer caído en el país, el primer mártir, es también trasladado. Pero ahí los falangistas se sienten prevenidos ante la ofensiva de los ministerios tecnocráticos que están empezando con el Opus. En ese momento sienten que hay una maniobra para trasladar a José Antonio de manera un poco subrepticia y organizan de una manera totalmente espontánea y no oficial un traslado a hombros de esos 14 kilómetros entre Cuelgamuros y El Escorial. Parece que todo fue bastante confuso y tampoco hay ningún objetivo especial, pero como están en estado de excitación se hace un traslado atropellado y de cualquier manera», analiza Thomas.
A la carrera voló el féretro del líder sobre los hombros de los enfervorecidos feligreses de una Falange Española que había perdido el poder político. Se le guardó un puesto preferencial en el majestuoso complejo. El hombre mitificado no podía ser un caído más. 19 años después también su traslado fue extraordinario pero sin tanta ostentación como el primero. «El culto joseantoniano está, pero es la reutilización del carisma. Sigue siendo el caído por excelencia, siempre en cabeza de las listas de caídos de todas las iglesias. Es optar por seguir dándole un lugar simbólico pero en términos de luchas políticas es bajarle un escalón sacarle del Escorial con tan poca pompa. Que Franco ni siquiera está esperando el cuerpo es bastante significativo», apunta Box.
Por el momento, los de José Antonio permanecerán en el Valle de los Caídos. Si es trasladado por tercera vez será para igualarlo con el resto de fallecidos en la Guerra Civil. Sin paseos a hombros por toda España. Sin homenajes ni carreras. Porque sin las luchas internas de la dictadura sus exhumaciones extraordinarias han terminado.
José Antonio, hijo de dictador
José Antonio Primo de Rivera (Madrid, 24 de abril de 1903 – Alicante, 20 de noviembre de 1936) quería ser militar, pero su padre le disuadió y terminó licenciándose en Derecho en la Universidad Central. Paradójicamente, el Golpe de Estado de su padre tuvo lugar mientras él cumplía como voluntario el servicio militar en el ejército en Barcelona. Durante el período republicano fue detenido dos veces. Primero fue acusado por una conspiración monárquica (1931). Después, fue acusado por apoyar el intento de Golpe de Estado de su apreciado general Sanjurjo (1932). En la biografía de la Real Academia de la Historia escrita por Julio Gil Pecharromán se explica: «Tras visitar a su admirado Mussolini en Roma y, sobre todo, con la llegada de Hitler a la Cancillería alemana, en enero de 1933, Primo de Rivera se convenció de que el fascismo era la vía más útil para construir un Estado auténticamente nacional y contrarrevolucionario».
Detenido durante la escalada de violencia de su partido, estuvo en contacto desde la cárcel de Alicante con la conspiración militar contra el Gobierno que dirigía el general Mola, pero se negó a dar la orden de colaborar en el levantamiento hasta finales de junio.
martes, 22 de octubre de 2019
Historias olímpicas: Medalla por convertirse en calvo
En los años setenta el estadounidense Mark Spitz emergió como leyenda. Sumó medallas olímpicas, mundiales y extendió su tiranía por las piscinas de todo el mundo. Puesto a encontrar un antídoto, se sucedieron diversas ideas sin lograr neutralizar al torpedo californiano. De todas las iniciativas la que más impacto produjo fue la de Werner Lampe, un alemán que improvisó una mejor aerodinámica en los Juegos de Olímpicos de Múnich 1972.
En tiempos en que los gorros de baño no eran obligatorios (se impondrían en Montreal 1976) el nadador de Hanóver decidió sacrificarse para la final de 200 metros estilo libre. «Lo que tuvo su gracia es la medalla de bronce lograda por el alemán federal Werner Lampe, figura asimismo en los Europeos de Barcelona, quien para lograr el máximo deslizamiento afeitó todo el vello de su cuerpo y tomó la salida con la cabeza pelada como un melón», escribió ABC en su crónica de la época.
La elección del germano fue insuficiente para alcanzar al increíble californiano, que sumó un nuevo récord del mundo. «La carrera daba ocasión al fenómeno yanqui Mark Spitz para seguir su increíble apuesta de que alcanzaría en Múnich nada menos que siete medallas. Los 200 debían caer en su talega para mantener su pronóstico. Y vaya si lo hizo», sentenció ABC. No obstante, enseñó a los nadadores una nueva ventaja. Aquella tarde Lampe fue tercero y la plata fue para Steve Genter, quien podría en práctica la misma táctica en otra oportunidad contra Spitz.
Curiosamente, los dos llamarían más la atención que el legendario pentacampeón en el podio. «Hombre de relaciones públicas y deseando conservar su prestigio sobre su admiradoras, cuando acudió al podio para recibir sus medallas lo hizo tocado con una espléndida peluca rubio platino, que habría envidiado la propia Marilyn Monroe. Afortunadamente, los deportistas saben tener sentido del humor», contó con sorna ABC sobre el alemán. Cuando en su turno Genter subió sin un pelo en la cabeza prefirió ocultarse con un gorro propio de los bosques de Canadá que tuvo que quitarse entre risas al comenzar el himno. A Spitz le hizo gracia pero nunca se rasuró el bigote que se asociará eternamente a sus marcas.
La ventaja de Werner duró poco. Sumó una plata en el relevo de 4x200 estilo libre en Múnich y en los Juegos de Montreal 1976 ya terminó cuarto en los 200 libres. Pero su legado para el deporte fue mayor que sus dos podios. Después de su iniciativa varios nadadores optaron por el afeitado en lugar del gorro. Fue una especie de pionero. Incluso su hijo Oliver apostó por la cabeza desnuda frente al capuchón. Pero el vástago Lampe sólo sumó un bronce olímpico y hoy en día es el único de los dos que no puede elegir su manera de nadar. Werner luce canas, dos joyas olímpicas y un avance que actualmente continúan estrellas de la natación como László Cseh. Su hijo no luce pelo ni fuera ni dentro del agua.
lunes, 21 de octubre de 2019
El fraude olímpico de las gemelas: Tú a longitud y yo a relevos
Madeleine de Jesús era una excelente atleta. La puertorriqueña nacida en el barrio neoyorquino de Brooklin había destacado en pruebas combinadas de atletismo y voleibol. Así, después de varios galardones y de algún récord nacional se inscribió en salto de longitud y como relevista de 400 metros de delegación boricua para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984.
Sin embargo, el sueño olímpico para Madeleine se volvió turbulento. Primero comenzó con el salto de longitud, una competición en la que sólo alcanzó los 5,63 metros, lejos de su mejor marca anterior (6,49). Por culpa de una lesión muscular ni siquiera superó la fase de clasificación. El inconveniente era desalentador porque dos días después debía competir como uno de los relevos de 400 metros de puerto Rico y parecía imposible.
Ante la situación, Madeleine maquinó una trampa de película para no perder la oportunidad. Su hermana gemela, Margaret, había acudido a California para verla en acción. También era atleta y la deportista olímpica consideró que aunque no corría tan rápido como su pariente podía cumplir con el papel complementario. Con la suplantación ilegal no habría problemas por el parecido físico. Hasta el corte de pelo era idéntico. La única condición que pidió Margaret a su hermana fue que nadie conociera el cambio ilegal y en teoría guardaron el secreto a todo el mundo hasta el día de la competición.
La gemela lenta corrió la segunda posta de semifinales con el dorsal de la original y aunque el conjunto fue el último de su manga, el equipo se clasificó para la final por tiempos. La treta encajó como un guante para que una gemela disfrutara del sueño olímpico en salto de longitud y otra en los relevos del tartán. Pero como en la película de Alfred Hitchcock, el crimen perfecto se complicó. Un periodista puertorriqueño de Associated Press, Luis Varela, se acercó a la falsa Madeleine y se percató de un detalle significativo: un lunar en el rostro. Aquella diferencia que había servido para distinguirlas desde niñas se reveló fundamental en la historia detectivesca del certamen. El noticiero habló con el entrenador puertorriqueño, Colón Alers, y este, escandalizado, decidió revelar el amaño al presidente de su comité. Puerto Rico retiró a su relevo sin hacer pública la trampa hasta un tiempo después, pero sancionó a sus dos atletas con un año de suspensión. El preparador fue castigado de por vida cuando la gemela lesionada aseguró que le había informado de la sustitución de emergencia, según los medios de la época.
Madeleine volvió a competir y después de ganar como saltadora de longitud los Juegos Iberoamericanos con un brinco de 6,96 metros se presentó en Seúl 1988. En Corea del Sur no voló más allá de 6,08 y tuvo que conformarse con el puesto 23 entre los olímpicos sin aparentes cambios de hermana. Retirada como deportista se mudó a Bruselas, donde ejerció como entrenadora de atletismo. En cambio, Margaret no volvió a competir en los Juegos. Ni como titular ni como suplente de emergencia.
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jueves, 17 de octubre de 2019
Arnold Guttman: Oro olímpico en natación, plata olímpica en arquitectura
Si Arnold Guttman hubiera nacido en Italia entre los siglos XV y XVI habría sido considerado como paradigma de hombre renacentista. Pero el omnímodo judío nació en Hungría en el siglo XIX y su legado se ha encuadrado como la encarnación de inusual talento capaz de combinar combinó de manera exitosa el deporte y las artes.
Para su desgracia, la gloria de Guttman comenzó con un suceso trágico. Era un muchacho de 13 años cuando vio cómo su padre se ahogaba en el Danubio. Ante la muerte de su progenitor decidió que para evitar otra tragedia sería un gran nadador. El empeño le impulsó incluso a cambiar su nombre y en una época de fervor nacionalista húngaro decidió rebautizarse como Alfréd Hajós (el apellido significa marinero).
Sus hazañas deportivas alcanzaron un alto nivel en los primeros Juegos Olímpicos, años después de vencer en los Campeonatos de Europa de Natación. En las peculiares pruebas que organizaron los griegos en 1896 venció en las especialidades de 100 y de 1.200 metros. «La carrera de 500 metros es probable que simplemente no la ganara porque no llegara a la salida después de la última carrera», asegura Nikoletta Nagy, profesora asistente en la Universidad de Educación Física de Budapest sobre el calendario que agrupó en un sólo día todas las competiciones en el agua.
El término 'hazaña' se acuñó por las condiciones del mar, donde se desarrollaron las carreras. Olas de cuatro metros y una temperatura de 11 grados amenazaron a los escasos atrevidos. De hecho, 'el delfín húngaro' fue el único en completar la distancia entre la plataforma en el mar y la meta. Aunque Hajós sufrió más allá de la competición deportiva. El magiar se había puesto una masa de grasa en el cuerpo para protegerse del frío, pero poco duró la sensación y trató de acercarse al barco de rescate que acompañaba a los competidores. Pero la embarcación navegaba más lejos de lo deseado y el deportista judío debió completar el recorrido al borde del ahogo y de la hipotermia. Después reconoció que durante los veinte minutos que duró la prueba fue más el instinto de supervivencia lo que estimuló sus brazadas que la idea de ganar: «Mi mayor lucha fue contra las olas y el agua terriblemente fría». Por ser campeón recibió una medalla de plata, una rama de olivo y un diploma (el oro todavía no era el metal para los ganadores).
Futbolista y atleta
Después de aquella gloria y tortura diversificó su dedicación al deporte mientras que su hermano Henrik ganó un oro en Atenas 1906 en los relevos 4x250 estilo libre. «Hajós y otros crearon el primer equipo de fútbol nacional húngaro oficial y jugó el primer partido oficial (con victoria contra Bohemia-Moravia por 5 a 2). Fue el seleccionador nacional y el capitán del equipo», recuerda el sociólogo deportivo y historiador, Péter Szegedi en la fundación que lleva el nombre de la inspiración húngara.
Los éxitos olímpicos de Hajós no terminaron en las piscinas, los campos de fútbol o en las pruebas de atletismo en que también destacó. Veintiocho años después de sus dos triunfos en el mar griego se presentó a la competición de artes impulsada por el Barón de Coubertain, que se celebró hasta 1948 de manera paralela a la estrictamente física. En París 1924 fue premiado con una medalla de plata (el primer puesto quedó huérfano) por el proyecto del estadio olímpico, codiseñado con el antiguo tenista Dezso Lauber, influido por el estilo Art Noveau. Intentó repetir éxito con otros proyectos en Ámsterdam 1928 y Los Ángeles 1932 sin subirse al particular podio.
Alfréd Hajós murió en noviembre de 1955 en Budapest, a los 77 años. Gracias a su vida polifacética el 'marinero' dejó en su país un legado extenso y diverso. Fue el primer nadador olímpico de la historia, inspiró a los hombres con ambiciones renacentistas y algunas de sus obras perduran hoy en día. Además de otras edificaciones civiles, el recinto nacional de natación, en el que se disputaron los Europeos en 2006, y el estadio de fútbol del Újpest se forjaron en su mente y se dibujaron en sus planos. Quizás las ideas durante sus sesiones de nado. O en su formación como arquitecto. Igualmente, por ambas probó la gloria olímpica.
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martes, 15 de octubre de 2019
Renunciar a los Juegos Olímpicos por Iron Maiden
¿Una medalla olímpica o ser una estrella del heavy metal? ¿Afinar el florete o la voz de tenor? Probablemente sólo hay una persona en el mundo haya tenido que responder en serio a esa pregunta: Bruce Dickinson. Ocurrió que a finales de los años ochenta el cantante más famoso de Iron Maiden dedicó tanto tiempo y esfuerzo a la esgrima que contó con la posibilidad de clasificarse para los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992: Pero descartó perseguir el metal olímpico en favor de la Doncella de Hierro.
¿Cómo llegó Paul Bruce Dickinson a contar con la posibilidad de subirse a un podio olímpico? Lo cierto es que el multifacético hombre de Worksop había comenzado a practicar la esgrima con 13 años y cuando era adolescente ganó varios torneos hasta el punto de que le ofrecieron la oportunidad de marchar a Londres para iniciar una carrera profesional como tirador. Dickinson rechazó aquella oferta y comenzó su carrera de cantante en bandas locales.
Asentando como vocalista de Iron Maiden después de incorporarse en el tercer disco de la banda, decidió recuperar una de sus grandes aficiones (también estudió Historia Antigua en el Queen Mary and Westfield College de la Universidad de Londres y pilota el avión grupo en las giras) y volvió a empuñar un florete en 1983.
No obstante, su gran avance deportivo se produjo durante uno de los paréntesis de la banda, cuando durante varios meses entrenó en Alemania Occidental y su nivel le permitió ascender hasta el séptimo puesto de tiradores británicos, aunque él mismo reconoce que se debió a que en esa época del ciclo olímpico los profesionales bajaron su nivel para prepararse para Seúl 1988. Por entonces había cambiado su perfil y atacaba con su zurda, lo que le permitió mejorar hasta el punto de que tenía posibilidades de acudir a una cita olímpica. Según la teoría más extendida, no descartada por Dickinson y su leyenda, el estilo de vida de la banda le habría restado las condiciones necesarias para intentar el asalto y no quería vivir como si faltaran dos minutos para la medianoche entre las giras y la clasificación para Barcelona 1992. Entonces eligió a la doncella de hierro, a la que lego abandonaría temporalmente para intentar el éxito en solitario.
«Es un tocapelotas, pequeño pero increíblemente rápido, esa es su arma», explicó Bartosz Piasecki, medalla de plata olímpica, después de un duelo amistoso en 2013 sobre la esgrima del cantante de Iron Maiden. «Soy un tirador agresivamente defensivo. Como prefiero ser breve tengo que intentar que el oponente cometa errores todo el tiempo. Soy irritante, muy intenso y enérgico», confirmó el tirador tan rápido como si tuviera que huir a las colinas. También se probó su capacidad contra Peter Vanky. Entonces perdió 8 a 15 en Suecia, aunque el anfitrión, seis veces medallista olímpico, reconoció el esfuerzo y que de haber usado en el encuentro un florete (el arma habitual del cantante) el resultado podría haber sido diferente.
Individual y pura
Sin ambiciones olímpicas, Dickinson mantiene su pasión por la esgrima porque es una actividad física «romántica» que le permite mantener su filosofía de vida. «Es físico, mental y espiritual. Te consume desde los más profundo de tu alma hasta la punta de tus dedos. Cada vez que entras en un duelo ofreces al oponente la posibilidad de romper tu ego. Y si es un día importante es más importante que la vida y la muerte. Mentalmente, la esgrima es salvajemente fiera y humillante», argumenta Dickinson. Suele practicar cuando tiene tiempo en las giras de Iron Maiden. «En la esgrima hay gente estupenda porque es un deporte individual. No te haces famoso, no ganas mucho dinero por practicarla, no vas a conseguir todas esas cosas que los profesionales de otros deportes pero hay que entrenar igual de duro. Es genial porque es un deporte muy puro», explicaba antes de una sesión en el club Flamengo durante su estancia en Brasil para actuar en el Rock In Rio.
Actualmente, con 58 años, Dickinson ha conseguido mantener sus idilios con Iron Maiden y la esgrima sin tener que romper con ninguna de las dos en algún lugar del tiempo. De hecho, ha conseguido que se convierta en una relación provechosa para todos. «Practicar esgrima es muy similar al modo en que me muevo por el escenario. O puede que yo me mueva por el escenario porque hago esgrima», concluye la estrella del metal no olímpico.
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