martes, 29 de octubre de 2019

Los Juegos Olímpicos de los cigarrillos


Los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 son recordados siempre con la palabra perfección. La gimnasta Nadia Comaneci selló su eternidad con su 10 y desde entonces los aniversarios recuperan esa imagen del certamen canadiense. Pero aquellos días no fueron tan perfectos y de manera paradójica el deporte contó con el tabaco como un inesperado aliado clave para su supervivencia.

En primer lugar, el encendido del pebetero en Montreal resultó llamativo porque se llevó a cabo por dos personas de manera conjunta para simbolizar la unión de la cultura francófona y la anglófona del país. El espíritu olímpico aplaudió la novedad. Pero cinco días después de la inauguración se produjo un incidente inesperado. Una gran tormenta inundó el recipiente que protegía la llama y esta se extinguió. Ante la situación, un empleado desconocido reaccionó con rapidez con el mechero con el que encendía sus cigarrillos para recuperar la llama.

Ante la consternación de los oficiales y su protocolo, se optó por volver a apagar el fuego para emplear una de las llamas de reserva habituales prendidas con la llama original griega. «El 22 de julio en Montreal, una violenta tormenta provocó que la llama olímpica se desvaneciera. El incidente tuvo lugar a las 13:55 y fue vuelta a encender las 14:57 usando una llama reserva guardada en el estadio olímpico», reconoce el informe oficial de aquellos Juegos.

Aquel incidente no fue el único que vinculó a los cigarrillos con Montreal 1976. Los Juegos canadienses cuentan con el récord de ser los más costosos de la historia moderna y fueron sufragados gracias a un impuesto sobre el tabaco en Quebec. El sobrecoste de la Villa Olímpica, un complejo de apartamentos postmodernos, unas instalaciones de actividades deportivas, la construcción de edificaciones al aire libre, los aparcamientos y el velódromo (que fue readaptado posteriormente) se sufragaron básicamente por la carga impositiva a los cigarrillos en Quebec durante más años de lo previsto.

De hecho, las normas antitabaco del siglo XXI provocaron que el estadio, al que popularmente se llamaba The Big Owe (la gran deuda), se terminara de pagar en 2006. Una década antes los ciudadanos de Montreal habían visto caer una zona de 55 toneladas del techo que prolongó de nuevo la deuda y la tasa de los cigarrillos hasta 40 años después de la celebración. En esa ocasión no bastó con un mechero para arreglar el inconveniente.

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lunes, 28 de octubre de 2019

Historias olímpicas: Suicidio por un oro para Japón


«En caso de necesidad, ofreced vuestra vida al Estado y preservad así la prosperidad de nuestro trono imperial, tan antiguo como el cielo y la tierra», reza el sermón del Kyoiku chokugo, el Rescripto Imperial de 1891. En apenas 315 caracteres se concentra la educación que permite entender al pueblo japonés del siglo pasado y la salida del suicidio cuando no se cumplía con las tareas patrióticas en Japón. Después de su brusco cambio de su era medieval a la contemporánea la figura del emperador trató de fomentar la fidelidad a su causa unida al fervor nacionalista y desprecio al foráneo. Como en otras ocasiones y lugares los Juegos Olímpicos resultaron una excusa perfecta para impulsar las proclamas y Tokio 1964 se revelaron como la oportunidad perfecta. De hecho, los anfitriones fueron terceros en el medallero y pudieron lucir orgullosos su incorporación a las potencias mundiales gracias a que los deportistas locales cumplieron con su deber.

Pero de todos los japoneses que participaron de alguna manera en aquellos Juegos Olímpicos hubo uno que sintió lo opuesto al orgullo a pesar de su buen resultado. Tras su sexto puesto en la prueba de 10.000 metros Kokichi Tsuburaya, un joven de 24 años, sufrió su momento de protagonismo en el último día del evento, el día de la magia del maratón. Después de 42 kilómetros de carrera, el muchacho de Fukushima se presentó en segunda posición en el estadio. Apuntaba a subcampeón apoyado por los ánimos de sus compatriotas y sólo precedido por el legendario Abebe Bikila. Pero el estadounidense Basil Heatley rompió la atmósfera al sorprender al atleta local en la última vuelta con una remontada espectacular. «No sabía que estaba compitiendo por la plata, ¡pero le cambié al japonés la medalla de plata por la de bronce delante de su público y del emperador!», reconoció el norteamericano años después.

Aunque Tsuburaya conquistó la primera medalla en el atletismo para Japón en 28 años, la vergüenza y la humillación invadieron su ánimo desde el momento en que cruzó la meta del maratón. «He cometido un error imperdonable delante del pueblo japonés. Tengo que reparar el daño corriendo e izando el Hinomaru (bandera del sol naciente) en los próximos Juegos Olímpicos, en México», confesó a su compañero Kenji Kimihara.

Para subir a lo más alto del podio, el fondista accedió a una disciplina espartana. Le apartaron de su prometida durante la preparación y se empleó a fondo en los entrenamientos. Desgraciadamente para él, aquellos esfuerzos provocaron varios lesiones y finalmente un lumbago agudo que retrasó su preparación. Cuando en enero de 1968 se preparaba para los Juegos Olímpicos que se celebrarían en el país norteamericano con la expedición japonesa se percató de que no podría alcanzar su venganza. No habría «prosperidad» para el Estado y el trono imperial. Como era habitual en la tradición de su país, escribió una carta de despedida para explicar su decisión. Después, se cortó las muñecas y murió desangrado. Sus compañeros cuentan que le encontraron en la habitación del hotel aferrado a la medalla de bronce de Tokio 1964.

El atleta, la nación

El suicidio no se produjo por ambición de gloria o superación de límites personales, sino por las mismas razones que forzaron a sus compatriotas desde que se impuso la filosofía del Rescripto Imperial. «Con la generación de Tsuburaya se demostró claramente la transformación del 'espíritu del deporte'», indica una estudio de la universidad japonesa de Waseda. «A través de Tsuburaya se reconoció que los atletas se comprometen a una expectativa excesiva generada alrededor de ellos y las presiones sociales sobre la victoria y la derrota. Se cree que la muerte de Tsuburaya es un claro problema de la pérdida de identidad para los atletas. Además, se incide en 'el reconocimiento de que los atletas modernos representan la nación', un vínculo definitivo entre el 'espíritu de deporte y la reproducción de un discurso'», concluye el informe académico. «Kokichi está agotado hasta la extenuación. Por favor, perdonadme. Sé que he causado vuestra continua preocupación y dolor. Todo lo que realmente quería era ser capaz de vivir cerca de vosotros», había escrito en la nota de suicidio a sus padres, según la traducción más difundida.

En la despedida epistolar también dedicó unas líneas para sus compañeros y entrenadores: «Perdón porque soy incapaz de mantener mi promesa. Rezo por vuestro éxito en los Juegos Olímpicos de México». Kenji Kimihara, confesor y compañero que vivió de cerca el suicidio de Tsuburaya, consiguió la plata en México 1968 y fue quinto en 1982. La diferencia fue que disfrutó de una gloria olímpica con menor presión después de la muerte de su predecesor.

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jueves, 24 de octubre de 2019

Las extraordinarias exhumaciones de José Antonio

Antorchas guiando en la oscuridad. Un féretro transportado a hombros más de 600 kilómetros. Campanas de anunciación. Mujeres enlutadas llorando en cada parada del camino. No se había visto una mudanza de un cadáver como la de José Antonio Primo de Rivera. Por dos veces se trasladaron los restos del fundador de Falange Española con una pompa extraordinaria ante los ojos de España; y por dos veces se convirtió aquel cuerpo inerte en el símbolo de su época. Primero se le enterró entre reyes (1939). Después se le convirtió en el primer mártir de la patria (1959). Y así, después de muerto, se convirtió al mismo tiempo en instrumento de Francisco Franco y en un mesías aupado por el esfuerzo de la propaganda, las luchas políticas y una variable legión de feligreses de su particular culto.

Los primeros pasos se dieron en 1939, aunque las tropas nacionales habían recogido en Alicante el cadáver de José Antonio, ejecutado por conspiración y rebelión militar por las autoridades republicanas el 20 de noviembre de 1936. El dictador Francisco Franco decidió años después que recibiría sepultura entre los reyes de España en el cementerio del monasterio de San Lorenzo del Escorial. El camino hasta la localidad madrileña lo convirtió en icono. Cada ingrediente del traslado fue épico por deseo de Francisco Franco. «Fue espectacular. Fue la mayor muestra culto cívico fascista que se hizo nunca en España. Implicó a la población de toda la ciudad de Alicante con barcos, el ejército, etc.; hubo marchas día y noche sobre todo con la vieja guardia falangista; en cada pueblo que pasaba había repique campanas y cantos de coros. Todo eso era iluminado con antorchas. Fue impresionante», recuerda el catedrático de Historia Contemporánea Joan Maria Thomàs en la Universidad Rovira i Virgili. «Cuando llega a Madrid, la ciudad está paralizada, tomada como una parada militar. Llega hasta El Escorial, que es el mausoleo de los reyes de España; no hay sitio más importante en el país donde ponerlo», completa el historiador con la memoria fresca porque ha escrito recientemente la biografía 'José Antonio. Realidad y mito' (Debate).

Los 463 kilómetros del recorrido fueron recordados con 52 monolitos de dos metros de altura en los puntos de relevo de las falanges, según las cuentas del arqueólogo Franciso Pastos Muñoz. Aquellos 'releros' que fueron levantados por el departamento de Ceremonial y Plástica, dependiente de la Jefatura Nacional de Propaganda permanecieron durante años como una extensión de la proeza. Aquella primera exhumación cambió la imagen de un político que había liderado un partido que consiguió sólo un 0,7% de los votos en las últimas elecciones. Para ello se necesitaron dos facetas especiales. Por un lado, se miró a Italia y a Alemania para movilizar a las masas. «Es un ritual único, dura varios días y con traslados ininterrumpidos. El punto de vista coreográfico y puramente estético es de influencia fascista», avanza Zira Box, autora del estudio 'Pasión, muerte y glorificación de José Antonio Primo de Rivera'. Por el otro lado, la indudable intención de acercarle a Jesucristo. «Ejemplifica muy bien el poder que tiene Falange en ese momento, la idea de religión política. Primo de Rivera es exaltado muchas veces como un Cristo secular de nueva España, pero hay muchos paralelismos: esa muerte a los 33 años, predicó en el desierto y sólo una vez muerto se ven los frutos. Los dos han muerto por una causa y hay un punto mártir con el derrame de sangre», señala la profesora en Ciencias Sociales de la Universidad de Valencia, quien reconoce que comenzó la investigación interesada por la indudable influencia religiosa.

A pesar del pretendido homenaje, los investigadores señalan que aquella extraordinaria exhumación fue más una herramienta de Francisco Franco que un reconocimiento del caído. «Falange, como todos los partidos fascistas, busca movilizar a las masas. El fracaso es que no las logra movilizar antes de la guerra. Como partido fascista es fracasado y marginal comparado con lo que ocurrirá en otros países», ilustra Box. Primo de Rivera era la oportunidad del dictador para esa llamada a las masas. Por eso, dos años después de la ejecución, rescató al líder del partido. Y Primo de Rivera no podía protestar. «Fue, por supuesto, muy conveniente para Franco que José Antonio y el resto de líderes de la Falange fueran exterminados durante la Guerra Civil. Así, el fundador de la Falange Española pudo convertirse en el mártir oficial del regimen, y durante años fue sujeto del más extraordinario culto a la muerte en la moderna Europa Occidental», escribe el historiador Stanley G. Payne en su análisis político para 'Franquismo, el juicio de la historia' (Planeta).

Todo a pesar de que el hijo del dictador Miguel Primo de Rivera y el militar no se habían llevado bien. «Con Franco no había tenido muy buena relación. Durante la república, Franco era una persona muy cautelosa y Primo de Rivera estaba buscando un general que fuese capaz de encabezar un Golpe de Estado. Veía inicialmente que Franco, por su juventud, podía ser ese general, pero a partir de dos entrevistas que tuvieron se quedó frustrado. No había sido una relación fluida y había sido una decepción para José Antonio porque Franco era poco decidido, con una mirada poco enérgica y poco clara de cara a destruir la república, que es lo que quería hacer José Antonio», señala Thomàs con franqueza.

Una vez muerto el joven agitador, aquel general dubitativo se aprovechó de la semilla. «Los ulteriores lazos de Franco con la Falange nunca fueron precisamente cordiales: acabó con su independencia en 1937, forzándola a unirse con los carlistas y a aceptar el líder que él eligió; cosa que le resultó fácil porque ésta había perdido ya a su guía espiritual, José Antonio, y nunca consiguió un apoyo de las masas ni se desarrolló doctrinalmente», escribe en 'La dictadura de Franco en una perspectiva comparada' Edward Malefakis, catedrático de Historia Contemporánea de Europa en la Universidad de Columbia. La solución agradó a todos los supervivientes políticos y militares implicados. «José Antonio era el gran líder del partido, había sido fusilado durante la guerra y con ese gran traslado, por una parte, el régimen lo oficializaba como mártir y, por otra parte, los falangistas aprovechaban también para reivindicarse como los auténticos hacedores políticos del nuevo régimen porque los que controlaban el partido único eran falangistas de la época de José Antonio», indica Thomàs sobre las peleas políticas de la época. «Es una muestra de que el sector falangista de esos primeros años es muy potente y tiene cargos de mucha responsabilidad», completa Box.

El féretro llegó al monasterio el 30 de noviembre de 1939, veinte días después de su salida de Alicante. Franco estaba presente.

La segunda exhumación de Primo de Rivera fue distinta porque los poderes políticos habían cambiado, pero no dejó de ser amplificada. No hubo mujeres enlutadas llorando pero sí una exhibición de músculo de sus seguidores el 31 de marzo de 1959, un día antes de la inauguración oficial del Valle los Caídos. «Está más dentro de la lógica del Valle de los Caídos. El primer caído en el país, el primer mártir, es también trasladado. Pero ahí los falangistas se sienten prevenidos ante la ofensiva de los ministerios tecnocráticos que están empezando con el Opus. En ese momento sienten que hay una maniobra para trasladar a José Antonio de manera un poco subrepticia y organizan de una manera totalmente espontánea y no oficial un traslado a hombros de esos 14 kilómetros entre Cuelgamuros y El Escorial. Parece que todo fue bastante confuso y tampoco hay ningún objetivo especial, pero como están en estado de excitación se hace un traslado atropellado y de cualquier manera», analiza Thomas. 

A la carrera voló el féretro del líder sobre los hombros de los enfervorecidos feligreses de una Falange Española que había perdido el poder político. Se le guardó un puesto preferencial en el majestuoso complejo. El hombre mitificado no podía ser un caído más. 19 años después también su traslado fue extraordinario pero sin tanta ostentación como el primero. «El culto joseantoniano está, pero es la reutilización del carisma. Sigue siendo el caído por excelencia, siempre en cabeza de las listas de caídos de todas las iglesias. Es optar por seguir dándole un lugar simbólico pero en términos de luchas políticas es bajarle un escalón sacarle del Escorial con tan poca pompa. Que Franco ni siquiera está esperando el cuerpo es bastante significativo», apunta Box.

Por el momento, los de José Antonio permanecerán en el Valle de los Caídos. Si es trasladado por tercera vez será para igualarlo con el resto de fallecidos en la Guerra Civil. Sin paseos a hombros por toda España. Sin homenajes ni carreras. Porque sin las luchas internas de la dictadura sus exhumaciones extraordinarias han terminado.


José Antonio, hijo de dictador

José Antonio Primo de Rivera (Madrid, 24 de abril de 1903 – Alicante, 20 de noviembre de 1936) quería ser militar, pero su padre le disuadió y terminó licenciándose en Derecho en la Universidad Central. Paradójicamente, el Golpe de Estado de su padre tuvo lugar mientras él cumplía como voluntario el servicio militar en el ejército en Barcelona. Durante el período republicano fue detenido dos veces. Primero fue acusado por una conspiración monárquica (1931). Después, fue acusado por apoyar el intento de Golpe de Estado de su apreciado general Sanjurjo (1932). En la biografía de la Real Academia de la Historia escrita por Julio Gil Pecharromán se explica: «Tras visitar a su admirado Mussolini en Roma y, sobre todo, con la llegada de Hitler a la Cancillería alemana, en enero de 1933, Primo de Rivera se convenció de que el fascismo era la vía más útil para construir un Estado auténticamente nacional y contrarrevolucionario».

Detenido durante la escalada de violencia de su partido, estuvo en contacto desde la cárcel de Alicante con la conspiración militar contra el Gobierno que dirigía el general Mola, pero se negó a dar la orden de colaborar en el levantamiento hasta finales de junio. 

martes, 22 de octubre de 2019

Historias olímpicas: Medalla por convertirse en calvo


En los años setenta el estadounidense Mark Spitz emergió como leyenda. Sumó medallas olímpicas, mundiales y extendió su tiranía por las piscinas de todo el mundo. Puesto a encontrar un antídoto, se sucedieron diversas ideas sin lograr neutralizar al torpedo californiano. De todas las iniciativas la que más impacto produjo fue la de Werner Lampe, un alemán que improvisó una mejor aerodinámica en los Juegos de Olímpicos de Múnich 1972.

En tiempos en que los gorros de baño no eran obligatorios (se impondrían en Montreal 1976) el nadador de Hanóver decidió sacrificarse para la final de 200 metros estilo libre. «Lo que tuvo su gracia es la medalla de bronce lograda por el alemán federal Werner Lampe, figura asimismo en los Europeos de Barcelona, quien para lograr el máximo deslizamiento afeitó todo el vello de su cuerpo y tomó la salida con la cabeza pelada como un melón», escribió ABC en su crónica de la época.

La elección del germano fue insuficiente para alcanzar al increíble californiano, que sumó un nuevo récord del mundo. «La carrera daba ocasión al fenómeno yanqui Mark Spitz para seguir su increíble apuesta de que alcanzaría en Múnich nada menos que siete medallas. Los 200 debían caer en su talega para mantener su pronóstico. Y vaya si lo hizo», sentenció ABC. No obstante, enseñó a los nadadores una nueva ventaja. Aquella tarde Lampe fue tercero y la plata fue para Steve Genter, quien podría en práctica la misma táctica en otra oportunidad contra Spitz.

Curiosamente, los dos llamarían más la atención que el legendario pentacampeón en el podio. «Hombre de relaciones públicas y deseando conservar su prestigio sobre su admiradoras, cuando acudió al podio para recibir sus medallas lo hizo tocado con una espléndida peluca rubio platino, que habría envidiado la propia Marilyn Monroe. Afortunadamente, los deportistas saben tener sentido del humor», contó con sorna ABC sobre el alemán. Cuando en su turno Genter subió sin un pelo en la cabeza prefirió ocultarse con un gorro propio de los bosques de Canadá que tuvo que quitarse entre risas al comenzar el himno. A Spitz le hizo gracia pero nunca se rasuró el bigote que se asociará eternamente a sus marcas.

La ventaja de Werner duró poco. Sumó una plata en el relevo de 4x200 estilo libre en Múnich y en los Juegos de Montreal 1976 ya terminó cuarto en los 200 libres. Pero su legado para el deporte fue mayor que sus dos podios. Después de su iniciativa varios nadadores optaron por el afeitado en lugar del gorro. Fue una especie de pionero. Incluso su hijo Oliver apostó por la cabeza desnuda frente al capuchón. Pero el vástago Lampe sólo sumó un bronce olímpico y hoy en día es el único de los dos que no puede elegir su manera de nadar. Werner luce canas, dos joyas olímpicas y un avance que actualmente continúan estrellas de la natación como László Cseh. Su hijo no luce pelo ni fuera ni dentro del agua.

lunes, 21 de octubre de 2019

El fraude olímpico de las gemelas: Tú a longitud y yo a relevos



Madeleine de Jesús era una excelente atleta. La puertorriqueña nacida en el barrio neoyorquino de Brooklin había destacado en pruebas combinadas de atletismo y voleibol. Así, después de varios galardones y de algún récord nacional se inscribió en salto de longitud y como relevista de 400 metros de delegación boricua para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984.

Sin embargo, el sueño olímpico para Madeleine se volvió turbulento. Primero comenzó con el salto de longitud, una competición en la que sólo alcanzó los 5,63 metros, lejos de su mejor marca anterior (6,49). Por culpa de una lesión muscular ni siquiera superó la fase de clasificación. El inconveniente era desalentador porque dos días después debía competir como uno de los relevos de 400 metros de puerto Rico y parecía imposible.

Ante la situación, Madeleine maquinó una trampa de película para no perder la oportunidad. Su hermana gemela, Margaret, había acudido a California para verla en acción. También era atleta y la deportista olímpica consideró que aunque no corría tan rápido como su pariente podía cumplir con el papel complementario. Con la suplantación ilegal no habría problemas por el parecido físico. Hasta el corte de pelo era idéntico. La única condición que pidió Margaret a su hermana fue que nadie conociera el cambio ilegal y en teoría guardaron el secreto a todo el mundo hasta el día de la competición.

La gemela lenta corrió la segunda posta de semifinales con el dorsal de la original y aunque el conjunto fue el último de su manga, el equipo se clasificó para la final por tiempos. La treta encajó como un guante para que una gemela disfrutara del sueño olímpico en salto de longitud y otra en los relevos del tartán. Pero como en la película de Alfred Hitchcock, el crimen perfecto se complicó. Un periodista puertorriqueño de Associated Press, Luis Varela, se acercó a la falsa Madeleine y se percató de un detalle significativo: un lunar en el rostro. Aquella diferencia que había servido para distinguirlas desde niñas se reveló fundamental en la historia detectivesca del certamen. El noticiero habló con el entrenador puertorriqueño, Colón Alers, y este, escandalizado, decidió revelar el amaño al presidente de su comité. Puerto Rico retiró a su relevo sin hacer pública la trampa hasta un tiempo después, pero sancionó a sus dos atletas con un año de suspensión. El preparador fue castigado de por vida cuando la gemela lesionada aseguró que le había informado de la sustitución de emergencia, según los medios de la época.

Madeleine volvió a competir y después de ganar como saltadora de longitud los Juegos Iberoamericanos con un brinco de 6,96 metros se presentó en Seúl 1988. En Corea del Sur no voló más allá de 6,08 y tuvo que conformarse con el puesto 23 entre los olímpicos sin aparentes cambios de hermana. Retirada como deportista se mudó a Bruselas, donde ejerció como entrenadora de atletismo. En cambio, Margaret no volvió a competir en los Juegos. Ni como titular ni como suplente de emergencia.

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jueves, 17 de octubre de 2019

Arnold Guttman: Oro olímpico en natación, plata olímpica en arquitectura


Si Arnold Guttman hubiera nacido en Italia entre los siglos XV y XVI habría sido considerado como paradigma de hombre renacentista. Pero el omnímodo judío nació en Hungría en el siglo XIX y su legado se ha encuadrado como la encarnación de inusual talento capaz de combinar combinó de manera exitosa el deporte y las artes.

Para su desgracia, la gloria de Guttman comenzó con un suceso trágico. Era un muchacho de 13 años cuando vio cómo su padre se ahogaba en el Danubio. Ante la muerte de su progenitor decidió que para evitar otra tragedia sería un gran nadador. El empeño le impulsó incluso a cambiar su nombre y en una época de fervor nacionalista húngaro decidió rebautizarse como Alfréd Hajós (el apellido significa marinero).

Sus hazañas deportivas alcanzaron un alto nivel en los primeros Juegos Olímpicos, años después de vencer en los Campeonatos de Europa de Natación. En las peculiares pruebas que organizaron los griegos en 1896 venció en las especialidades de 100 y de 1.200 metros. «La carrera de 500 metros es probable que simplemente no la ganara porque no llegara a la salida después de la última carrera», asegura Nikoletta Nagy, profesora asistente en la Universidad de Educación Física de Budapest sobre el calendario que agrupó en un sólo día todas las competiciones en el agua.

El término 'hazaña' se acuñó por las condiciones del mar, donde se desarrollaron las carreras. Olas de cuatro metros y una temperatura de 11 grados amenazaron a los escasos atrevidos. De hecho, 'el delfín húngaro' fue el único en completar la distancia entre la plataforma en el mar y la meta. Aunque Hajós sufrió más allá de la competición deportiva. El magiar se había puesto una masa de grasa en el cuerpo para protegerse del frío, pero poco duró la sensación y trató de acercarse al barco de rescate que acompañaba a los competidores. Pero la embarcación navegaba más lejos de lo deseado y el deportista judío debió completar el recorrido al borde del ahogo y de la hipotermia. Después reconoció que durante los veinte minutos que duró la prueba fue más el instinto de supervivencia lo que estimuló sus brazadas que la idea de ganar: «Mi mayor lucha fue contra las olas y el agua terriblemente fría». Por ser campeón recibió una medalla de plata, una rama de olivo y un diploma (el oro todavía no era el metal para los ganadores).

Futbolista y atleta

Después de aquella gloria y tortura diversificó su dedicación al deporte mientras que su hermano Henrik ganó un oro en Atenas 1906 en los relevos 4x250 estilo libre. «Hajós y otros crearon el primer equipo de fútbol nacional húngaro oficial y jugó el primer partido oficial (con victoria contra Bohemia-Moravia por 5 a 2). Fue el seleccionador nacional y el capitán del equipo», recuerda el sociólogo deportivo y historiador, Péter Szegedi en la fundación que lleva el nombre de la inspiración húngara.

Los éxitos olímpicos de Hajós no terminaron en las piscinas, los campos de fútbol o en las pruebas de atletismo en que también destacó. Veintiocho años después de sus dos triunfos en el mar griego se presentó a la competición de artes impulsada por el Barón de Coubertain, que se celebró hasta 1948 de manera paralela a la estrictamente física. En París 1924 fue premiado con una medalla de plata (el primer puesto quedó huérfano) por el proyecto del estadio olímpico, codiseñado con el antiguo tenista Dezso Lauber, influido por el estilo Art Noveau. Intentó repetir éxito con otros proyectos en Ámsterdam 1928 y Los Ángeles 1932 sin subirse al particular podio.

Alfréd Hajós murió en noviembre de 1955 en Budapest, a los 77 años. Gracias a su vida polifacética el 'marinero' dejó en su país un legado extenso y diverso. Fue el primer nadador olímpico de la historia, inspiró a los hombres con ambiciones renacentistas y algunas de sus obras perduran hoy en día. Además de otras edificaciones civiles, el recinto nacional de natación, en el que se disputaron los Europeos en 2006, y el estadio de fútbol del Újpest se forjaron en su mente y se dibujaron en sus planos. Quizás las ideas durante sus sesiones de nado. O en su formación como arquitecto. Igualmente, por ambas probó la gloria olímpica.

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martes, 15 de octubre de 2019

Renunciar a los Juegos Olímpicos por Iron Maiden


¿Una medalla olímpica o ser una estrella del heavy metal? ¿Afinar el florete o la voz de tenor? Probablemente sólo hay una persona en el mundo haya tenido que responder en serio a esa pregunta: Bruce Dickinson. Ocurrió que a finales de los años ochenta el cantante más famoso de Iron Maiden dedicó tanto tiempo y esfuerzo a la esgrima que contó con la posibilidad de clasificarse para los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992: Pero descartó perseguir el metal olímpico en favor de la Doncella de Hierro.

¿Cómo llegó Paul Bruce Dickinson a contar con la posibilidad de subirse a un podio olímpico? Lo cierto es que el multifacético hombre de Worksop había comenzado a practicar la esgrima con 13 años y cuando era adolescente ganó varios torneos hasta el punto de que le ofrecieron la oportunidad de marchar a Londres para iniciar una carrera profesional como tirador. Dickinson rechazó aquella oferta y comenzó su carrera de cantante en bandas locales.

Asentando como vocalista de Iron Maiden después de incorporarse en el tercer disco de la banda, decidió recuperar una de sus grandes aficiones (también estudió Historia Antigua en el Queen Mary and Westfield College de la Universidad de Londres y pilota el avión grupo en las giras) y volvió a empuñar un florete en 1983.

No obstante, su gran avance deportivo se produjo durante uno de los paréntesis de la banda, cuando durante varios meses entrenó en Alemania Occidental y su nivel le permitió ascender hasta el séptimo puesto de tiradores británicos, aunque él mismo reconoce que se debió a que en esa época del ciclo olímpico los profesionales bajaron su nivel para prepararse para Seúl 1988. Por entonces había cambiado su perfil y atacaba con su zurda, lo que le permitió mejorar hasta el punto de que tenía posibilidades de acudir a una cita olímpica. Según la teoría más extendida, no descartada por Dickinson y su leyenda, el estilo de vida de la banda le habría restado las condiciones necesarias para intentar el asalto y no quería vivir como si faltaran dos minutos para la medianoche entre las giras y la clasificación para Barcelona 1992. Entonces eligió a la doncella de hierro, a la que lego abandonaría temporalmente para intentar el éxito en solitario.

«Es un tocapelotas, pequeño pero increíblemente rápido, esa es su arma», explicó Bartosz Piasecki, medalla de plata olímpica, después de un duelo amistoso en 2013 sobre la esgrima del cantante de Iron Maiden. «Soy un tirador agresivamente defensivo. Como prefiero ser breve tengo que intentar que el oponente cometa errores todo el tiempo. Soy irritante, muy intenso y enérgico», confirmó el tirador tan rápido como si tuviera que huir a las colinas. También se probó su capacidad contra Peter Vanky. Entonces perdió 8 a 15 en Suecia, aunque el anfitrión, seis veces medallista olímpico, reconoció el esfuerzo y que de haber usado en el encuentro un florete (el arma habitual del cantante) el resultado podría haber sido diferente.

Individual y pura

Sin ambiciones olímpicas, Dickinson mantiene su pasión por la esgrima porque es una actividad física «romántica» que le permite mantener su filosofía de vida. «Es físico, mental y espiritual. Te consume desde los más profundo de tu alma hasta la punta de tus dedos. Cada vez que entras en un duelo ofreces al oponente la posibilidad de romper tu ego. Y si es un día importante es más importante que la vida y la muerte. Mentalmente, la esgrima es salvajemente fiera y humillante», argumenta Dickinson. Suele practicar cuando tiene tiempo en las giras de Iron Maiden. «En la esgrima hay gente estupenda porque es un deporte individual. No te haces famoso, no ganas mucho dinero por practicarla, no vas a conseguir todas esas cosas que los profesionales de otros deportes pero hay que entrenar igual de duro. Es genial porque es un deporte muy puro», explicaba antes de una sesión en el club Flamengo durante su estancia en Brasil para actuar en el Rock In Rio.

Actualmente, con 58 años, Dickinson ha conseguido mantener sus idilios con Iron Maiden y la esgrima sin tener que romper con ninguna de las dos en algún lugar del tiempo. De hecho, ha conseguido que se convierta en una relación provechosa para todos. «Practicar esgrima es muy similar al modo en que me muevo por el escenario. O puede que yo me mueva por el escenario porque hago esgrima», concluye la estrella del metal no olímpico.

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lunes, 14 de octubre de 2019

Los Juegos que no fueron olímpicos


En pleno fervor por popularizar sus Juegos Olímpicos, a Pierre de Frédy, barón de Coubertin, le frenó la tragedia de la I Guerra Mundial. Todo había sido preparado para que en el año 1916 en Berlín se disputara la sexta edición universal, incluso con un nuevo estadio para 60.000 espectadores inaugurado, pero la realidad del conflicto bélico espantó cualquier pensamiento sobre la reunión deportiva. Aunque se canceló el certamen por razones obvias, se incluyó al proyecto en el historial de Juegos Olímpicos por decisión del Comité Olímpico Internacional (COI). «Un Juego Olímpico puede no celebrarse, pero su cifra permanece», sentenció Coubertin.

Años después de lo previsto, una vez acabada la confrontación mundial de facto, regresó la idea de recuperar una competición universal. Con la inercia de los países ganadores de la guerra y la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA, por sus siglas en inglés) surgieron los Juegos Inter-Aliados, un evento que aspiraba a recoger el espíritu olímpico y que se celebraría en París. El mayor impulso procedió de Estados Unidos, el país menos castigado de la contienda, que ayudó a construir un nuevo estadio (Stade Pershing) en el bosque de Vincennes, al este de la capital francesa, una zona en la que ya se celebraron algunas pruebas en los Juegos Olímpicos de 1900. Hubo desfile inaugural, competiciones de atletismo, boxeo, baloncesto y fútbol con hasta 20.000 espectadores en las gradas, según las crónicas locales. Además, en el lago del gran parque se multiplicaron las pruebas de natación, la esgrima se desarrolló en la escuela de Joinville, el rugby se vio en el campo militar de Auvors y el tiro se trasladó al campo militar de Le Mans.

Se invitó a 18 países de cuatro continentes (se excluyó a Alemania) y sólo participaron militares aliados. No obstante, la condición de ser soldados no varió mucho las competiciones puesto que muchos de los hombres destacados repetirían en los oficiales de Amberes 1920. Por ejemplo, Norman Ross ganó cinco eventos en el agua de París y tres carreras a nado en Bélgica un año después. Charles Paddock venció en dos pruebas atléticas en 1919, mientras que en el siguiente evento se colgaría dos medallas como campeón y una como subcampeón. Además, para la historia del deporte se registraron iniciativas como las del norteamericano Max 'Marty' Friedman, que organizó un torneo de baloncesto de 600 equipos; o la del futbolista griego Giorgos Kalafatis, quien recopiló información sobre el baloncesto y el voleibol, deportes desconocidos en su país, para después fundar el famoso club multidisciplinar Panathinaikos.

Al COI no le bastó el número de participantes o su entidad para reconocer de alguna manera aquella edición. Prefirieron volver a elegir sede con sus propios métodos para 1920. En aquella edición en Amberes no recibirían invitación ni Alemania ni sus aliados Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía. Rusia tampoco acudió por estar en medio de una cruenta guerra civil.

París 1919 nunca fue reconocido como olímpico ni su legado como gran acontecimiento aunque países como Australia lo incluyan como uno de los momentos a recordar de su historia. «A pesar de su tamaño y de sus buenas intenciones, no tuvieron un efecto perceptible ni en la diplomacia ni en los Juegos Olímpicos y nos recuerda, como historiadores del deporte, como algo un poco más grande que un 'meeting' en París en el verano de 1919», sostiene John Findling, de la Universidad de Indiana. «Las razones de esta falta de significado incluyen la mala suerte con la oportunidad. Los organizadores de los juegos no tenían manera de saber que el Tratado de Versalles, que oficializó el fin de la Primera Guerra Mundial, sería firmado en mitad de la competición. La magnitud de este evento histórico naturalmente redujo las otras noticias en los periódicos. Otro problema para la cobertura de los Juegos Inter-Aliados fue el combate de los pesos pesados entre Jess Willard y Jack Dempsey, el primer gran título en cuatro años. Esta pelea dominó las noticias de deportes en Estados Unidos y Europa. Otro problema podría ser la dominación total de los (deportistas) americanos», explica el experto estadounidense.

Aunque los Juegos Inter-Aliados no recibieron el apellido olímpico, la celebración sí acercó a franceses y estadounidenses, puesto que los norteamericanos regalaron las instalaciones a los anfitriones. Curiosamente, el estadio Pershing conseguiría lo el reconocimiento negado al motivo de su construcción. Sería olímpico en París 1924, cuando el recinto albergó algunos partidos de fútbol.

domingo, 13 de octubre de 2019

Ausencia olímpica por asesinato


David Schultz es y será una leyenda de la lucha libre. Cuando los países del este de Europa dominaban las competiciones surgió un hombre inteligente que fue capaz de colgarse siete medallas en campeonatos del mundo y un oro olímpico en Los Ángeles 1984. Pero al carismático deportista sólo le faltó por cumplir un sueño: competir en unos Juegos Olímpicos en Estados Unidos por segunda vez en su carrera. Su principal benefactor y amigo se lo impidió al asesinarle a las puertas de su casa seis meses antes.

La vida y la muerte de Schultz se explican de manera paralela a la de John Eleuthère du Pont, un multimillonario que construyó en su rancho el mayor centro de tecnificación para luchadores de Estados Unidos: Foxcatcher. El adinerado filántropo, uno de los 400 estadounidenses más ricos según la revista Forbes, había dado rienda suelta a su pasión por el deporte con el patrocinio de atletas de varias disciplinas (natación, atletismo, pentatlón moderno). Prorrogaba así un idilio con disciplinas en las que había competido durante su juventud sin éxito en los resultados.

La mayor contribución de Du Pont al deporte se produjo de la mano de David Schultz, el campeón olímpico al que convenció para mudarse a su finca para formar un gran grupo de entrenamientos. El campeón de Palo Alto se trasladó con su familia a una de las casas que el millonario cedía a sus invitados y gracias a su enorme carisma convenció a otros luchadores para que se desplazaran a Foxcatcher, unas instalaciones en las que se invirtieron más de medio millón euros. Dedicarse de manera profesional a ese deporte era impensable y el millonario ofrecía un buen sueldo, residencia y gastos pagados para entrenamientos y competiciones. Schultz no se lo pensó dos veces y se marchó a vivir al rancho de Pensilvania con su esposa y sus dos hijos. Incluso atrajo a la estrella búlgara Valentin Yordanov para que abandonara Europa hacia el paraíso americano de los luchadores de más de 3.000 metros cuadrados.

Las condiciones ofrecidas por Du Pont permitieron a Schultz y a sus compañeros de una vida resuelta y concentrarse en la preparación y en sus familias. Pero a cambio tenían que soportar las excentricidades de un sponsor que les obligaba a llamarle 'El águila', que entrenaba con ellos -llegó a crear un Mundial de veteranos que ganó con ciertas ayudas- y que les había incorporado como una gran familia. Dave era el único que le trataba como un amigo real y que conseguía que le respetara, según los testigos de aquellos tiempos.

La desventaja para los deportistas subvencionados eran los comportamientos de su huésped multimillonario, acentuados con el paso del tiempo -Schultz residió cinco años en el rancho-. El magnate aseguraba que había fantasmas y nazis que le vigilaban detrás de las paredes, veía extrañas formas en las grabaciones de los bosques de la finca que él mismo filmaba, a veces se presentaba a sí mismo como el Dalai Lama, patrullaba en alguna ocasión con la policía local gracias a sus contribuciones económicas. En su última época incendió un edificio de su finca para presionar a uno de sus deportistas para que abandonara su casa y hasta llegó a obligar a todo el mundo a evitar el color negro y expulsó de manera imprevista a todos los luchadores con piel oscura del rancho. Entonces David Schultz pensó en marcharse como había hecho su hermano años antes, pero convenció a su mujer a sí mismo para esperar hasta que compitiera en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, su última gran competición en una temporada en que era el número del ranking de su categoría.

Tres disparos

Caprichoso y voluble, el multimillonario cruzó la línea seis meses antes de la competición olímpica. Aquella mañana de enero se dirigió a casa de Schultz. Du Pont, que viajaba con uno de los miembros de su equipo de seguridad, se acercó al hombre que se consideraba su amigo y que estaba arreglando la radio de su coche. El millonario preguntó: «¿Tienes algún problema conmigo?». Sin esperar respuesta, el patrocinador disparó tres veces. Schultz murió casi de inmediato en brazos de su esposa, testigo de lo ocurrido; y Du Pont se atrincheró durante dos días en un búnker de su mansión. El excéntrico magnate murió después de 13 años en prisión. Los psicológicos habían concluido que era un enfermo mental pero que el asesinato del luchador no estaba relacionado con su enfermedad.

David Schultz todavía es recordado como uno de los deportistas estadounidenses de mayor impacto y su legado incluye una fundación creada por su viuda que durante diez años ofreció apoyo a varios luchadores huérfanos de preparadores, ayudas e instalaciones después del encarcelamiento de Du Pont. Varias películas y documentales inspiradas en su historia le recuerdan veinte años después. «Dave fue el padrino de la lucha estadounidense. Contribuyó como entrenador, líder y atleta. Cuidó de todo y siempre puso a la gente en primer lugar, sin importar quién fueras. Incluso aprendió seis idiomas y así podía hablar con diferentes atletas», resumió su alumno, el campeón del mundo en 1995 Kurt Angle. A pesar de ser adorado por todos quienes le conocieron, por culpa de un hombre desequilibrado y de agarrarse a su última oportunidad olímpica fue asesinado a los 36 años.

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miércoles, 9 de octubre de 2019

Historias Olímpicas: Sin oro por culpa del sujetador


Dorothy Odam fue subcampeona olímpica en 1936. Dorothy Tyler fue subcampeona olímpica en 1948. La única diferencia entre ellas es la edad y su estado civil porque ambos apellidos corresponden la misma persona, una atleta británica que por diferentes vicisitudes no pudo disfrutar del oro olímpico en un carrera contra casi todo lo imaginable.

Dorothy se colgó su primera plata con 16 años. En Berlín se estrenó en una de las primeras seis pruebas olímpicas en que se permitió participar a las mujeres. Después de tres horas de competición con un calor asfixiante, la británica con el dorsal 284 fue quien logró saltar con menos intentos la mayor altura (1,60 metros), pero no le dieron la medalla dorada porque entonces las reglas obligaban a un salto de desempate cuando dos saltadoras estaban igualadas. La normativa actual le habría dado el oro.

El primer puesto en Berlín fue para la húngara Ibolya Csak, pero Odam firmó unas de las palabras más recordadas de la historia olímpica. La adolescente acudió a una recepción con Adolf Hitler y cuando se le pedía que rememorara el siempre reconocía: «Sólo era un pequeño hombre en un gran uniforme. Alguien sugirió que debería haberle dado una bofetada, pero creo que eso simplemente me habría metido en problemas».

Durante la II Guerra Mundial la atleta voladora comenzó a trabajar como instructora y secretaria para las fuerzas aéreas británicas y se casó (cambió su apellido por el compuesto con el de su marido: Tyler-Odam). Poco antes tuvo tiempo de ganar una batalla contra Alemania en el tartán. En 1939 batió el récord del mundo del salto de altura (1,66 metros) y poco después le comunicaron que había sido superada por Dora Ratjen. Con su habitual estilo directo escribió una carta a los organismos oficiales con una observación: «No es una mujer. 'Ella' es un hombre». Las posteriores investigaciones le dieron la razón y en 1957 se le reconoció la marca por la Federación Internacional de Atletismo.

Acabada la II Guerra Mundial, cuando Tyler-Odam se enteró de que Londres albergaría unos nuevos Juegos Olímpicos no lo dudó aunque acabara de dar a luz por segunda vez. «Cuando Barry tenía dos meses empecé a entrenar de veras», señaló. Los medios británicos aseguraban que se había preparado en la postguerra aprovechando su tiempo en el hogar y ella lo negó. «No hacía labores en casa. No hacía mucho entrenamiento, pero mandaba a mi marido al carnicero porque daban mejores piezas a los hombres que a las mujeres», reconoció con su habitual sinceridad ya con 96 años a la periodista Janie Hampton.

Madre de plata

Nueve meses después del nacimiento de su hijo marchó hacia el estadio. «Habíamos dejado a los niños con la abuela, compramos el billete de autobús y me puse el mismo uniforme que en 1936», explicaba años después. De nuevo se repitió la historia: saltó la mayor altura en menos intentos que sus adversarias pero perdió en el desempate. Aunque se convirtió en la única deportista con medallas antes y después de la II Guerra Mundial, su éxito pudo haber sido mayor de no haberse vestido con el mismo uniforme que 12 años antes. «Era mi tercer intento cuando al ir corriendo hacia el salto se me rompió el tirante del sujetador y perdí la concentración. Si no fuera por ese sujetador habría sido oro. Como siempre, fui segunda», aseguraba con casi 90 años cumplidos.

Tyler-Odam compitió en dos Juegos Olímpicos más pero no subió al podio. Para entonces había cambiado su estilo a modo de tijeras por el del rodillo que triunfó hasta la revolución de Dick Foxbury con el salto de espaldas. Como atleta no llegó a practicar con el salto actual, pero se permitió bromear cuando pudo conocer en persona al estadounidense años después: «No puedes saltar primero con la cabeza. ¡Es hacer trampas!».

La británica Tyler-Odam murió con 94 años, cuatro participaciones olímpicas y varios récords. Además, su vida se nutrió de tantas y diferentes historias que se sintió plena y nunca reclamó campeonatos que habría conseguido en los tiempos actuales. «Perder la medalla de oro es algo que no me ha importado en absoluto. Estaba encantada, especialmente en 1936, cuando tenía sólo 16 años. Después de todo, las reglas son las reglas», sentenciaba la mujer que compitió contra un hombre, las penurias de la postguerra, las dificultades físicas tras la maternidad y el tirante de su sujetador.

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lunes, 7 de octubre de 2019

Historias olímpicas: Ocho saltos, cuatro subcampeones


El caso paradigmático del proceso de perfeccionamiento en la gimnasia artística se produjo en Los Ángeles 1984. El boicot soviético y las limitaciones a sólo dos competidores por país por final podrían haber provocado un menor grado de competencia, dificultad y técnica, pero ocurrió lo nunca visto antes y después de aquella final de salto. Si bien el chino Lou Yun ejecutó la perfección con un 10 en la ronda preliminar y en el salto entre los mejores, un puñado de rivales se aplicaron hasta llenar el segundo peldaño con hasta cuatro gimnastas.

Uno de los 'secundones' fue Li Ning, compatriota del campeón olímpico. En la clasificación recibió una puntuación de 9.875 y en la final 9.950 gracias a su giro y caída hacia atrás. El japonés Koji Gushiken calcó las notas de su vecino asiático con un mortal y un giro. Su compatriota Shinji Morisue sumó a su 9.850 inicial un 9.975 merced a su artístico ejercicio. Completó el poblado segundo lugar el podio el local Micht Gaylord, quien fue el más constante, ya que a su 9.925 preliminar sumó un 9.900 en la ronda final para el 19.825 que igualó a todos.

El cuádruple empate sorprendió a los presentes.«Hay más plata aquí que en todo el estado de Colorado», exclamó el locutor estadounidense al leer las puntuaciones finales. No obstante, la igualdad quedó en anécdota porque cada uno de los competidores disfrutó de su propio logro en California. Mitch Gaylord formó parte de la victoria estadounidense por equipos en casa, la situación perfecta para los anfitriones. Koji Gushiken ganó el oro en el concurso completo y anillas y Shinji Morisue recogió el metal dorado en suelo. El gimnasta de la República Popular de China Li Ning fue quien más tuvo que compartir honores (oro en anillas y potro con aros), pero se proclamó campeón en solitario en la especialidad de suelo. Nunca más hubo tanta igualdad en un deporte olímpico. No obstante, los organizadores de los Juegos posteriores tomaron nota y desde entonces en el podio se incrementó el espacio para los medallistas y se prepararon metales de reserva, aunque, por el momento, ningún deporte individual ha vuelto a colocar a cuatro medallistas en el mismo escalón.

domingo, 6 de octubre de 2019

El Nobel mediofondista


Habitualmente los logros olímpicos convierten a los deportistas en famosos. Después de una medalla regresan a sus hogares con el reconocimiento de sus vecinos y durante un tiempo (en ocasiones muy breve) son exhibidos por los políticos con recibimientos, condecoraciones y ceremonias festivas para compartir su momento de esplendor.

Sin embargo, existe un ejemplo de un camino muy diferente, el de un deportista de cierto éxito que destacó internacionalmente más por sus progresos políticos constantes que por la plata que ganó en Amberes 1920. Al fin y al cabo, la vida de Philip Noel-Baker orbitó más en torno a los clubs de debate política que a los clubs de carreras y nunca se sirvió de su gloria deportiva.

El primer intento del británico sobre el tartán ocurrió en los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 tanto en los 800 como en los 1.500 metros. Entonces tenía 22 años y no pudo acabar la primera prueba. En la segunda prefirió ayudar a su compatriota Arnold Jackson, quien se colgó el oro mientras que Noel-Baker era sexto.

Después de aquel certamen las competencias deportivas quedaron en un segundo plano por el estallido de la I Guerra Mundial. El londinense, que era un cuáquero que practicaba un activo pacifismo, no permaneció en su casa con sermones en contra de la guerra, sino que se acercó a las trincheras para ayudar desde su perspectiva. Mientras permaneció en Inglaterra abogó por la no intervención británica en la Guerra Civil española y por la retirada de las sanciones a la Italia de Benito Mussollini. Durante el conflicto formó parte de una unidad de ayuda sanitaria en los frentes de Francia e Italia, recibió varias condecoraciones, medió en nombre de los refugiados y fue uno de los delegados en el Tratado de Versalles que selló la paz mundial.

Plata de postguerra

Después de la Gran Guerra mantuvo su actividad política y atlética. En los Juegos Olímpicos de Amberes volvió a intentar alcanzar la gloria de las zapatillas. Se clasificó para las semifinales de 800 metros, aunque prefirió reservarse para los 1.500, que era su mejor prueba, y renunció a la carrera que daba acceso a la final de las dos vueltas al estadio olímpico. La elección resultó exitosa porque fue segundo en la milla, sólo superado por su compatriota Albert Hill.

Noel-Baker tenía 30 años cuando se proclamó subcampeón olímpico y sería padre por primera vez ese mismo año. Sin embargo, sus mayores aportaciones a la humanidad ya eran anteriores a Amberes y se extenderían mucho tiempo después. Contribuyó desde sus puestos en el gobierno británico y en la Liga de Naciones a promover el pacifismo, el control de las armas y la colaboración universal. Sus logros y estímulos le valieron el premio Nobel de la Paz en 1959 por su «ardiente trabajo durante toda una vida por la paz internacional y la cooperación».

El famoso galardón le permitió amplificar su mensaje más que ser el segundo más rápido en una prueba atlética universal. «Nunca ha admitido la derrota, sino que ha mirado incondicionalmente al futuro, hacia un nuevo y mejor mundo», sentenció Gunnar Jahn, presidente del comité que le entregó el premio. Gracias al dedo de la academia sueca se popularizaron varios de sus libros sobre el control de armas.

Retirado de la Cámara de los Comunes británica con 80 años, Noel-Baker nunca nunca abandonó el espíritu que le ayudó a ser un mediofondista de alto nivel y premio Nobel: «Mientras tenga la salud y la fuerza, debería ocupar mi tiempo en trabajar en romper los prejuicios durmientes de aquellos que permiten que continúe la carrera nuclear, química, biológica y de armas convencionales».

Murió con 92 años, con un mensaje como legado pacifista, una medalla de plata 'al Valor Militar' otorgada por Italia y otra olímpica por su capacidad atlética.

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viernes, 4 de octubre de 2019

Cuando Thelma quiso ir a los Juegos Olímpicos


Hasta el año 1992 lo más parecido a una escena de acción que había rodado Geena Davis había sido conducir hacia un precipicio. No le iba mal. Un premio Oscar por El turista accidental y una candidatura por Thelma y Louise destacaban en su curriculum. Además, su historial deportivo se limitaba a las vallas y el salto de altura en la universidad, «las competiciones para altos», según recordaba con su habitual sentido del humor la actriz norteamericana que mide 1,83 metros en una entrevista del New York Times.

Sin embargo, de manera progresiva, la artista de Massachusetts comenzó a encarnar papeles en películas de acción como La isla de las cabezas cortadas o Memoria letal, por lo que aprendió algo de taekwondo, esgrima, patinaje y montó a caballo. Antes de ser la famosa Thelma ya hubo algún síntoma. «Siempre he sido lo contrario a atlética y estaba segura de que era muy descoordinada hasta mi papel en Ellas dan el golpe, cuando tuve que aprender a jugar al béisbol. Los entrenadores me decían algo así como 'Lo estás pillando muy rápido', y yo pensaba: '¡Tenía una habilidad atlética sin descubrir!», explicó a The Huffington Post. Finalmente, la epifanía surgió al ver al californiano Justin Huish colgarse dos oros en tiro con arco en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. «Parecía divertido y me inspiró para echarle un vistazo. Conocí a Justin a principios de 1997. Me acogió como su entrenador y esa primavera empecé con las lecciones», develó Davis.

La actriz tenía 40 años cuando disparó sus primeras flechas. Sorprendentemente, pronto progresó porque entrenaba en los descansos de los rodajes y le dedicaba mucho tiempo. Compitió por primera vez a los seis meses en Australia contra arqueros de élite. «Para alguien que es relativamente novato con sólo tres años de experiencia en el deporte, es muy buena. Pero habría sido vergonzoso perder con ella», reconoció la bronce olímpica Alison Williamson un tiempo después sobre su duelo el torneo.

La mejora de Geena Davis le permitió incluso alcanzar las semifinales de la fase que otorgaba las plazas de Estados Unidos para acudir a Sídney 2000, una experiencia inolvidable. «La única vez que he estado nerviosa como una loca en mi vida fue en los 'trials'. Nadie sabía que yo estaba compitiendo en aquella época. Había recorrido todo el país, había ido al torneo nacional y a nadie le importaba o lo había hecho público. Los arqueros son muy relajados. Pero cuando me clasifiqué para los 'trials' la gente lo descubrió. De repente, había 50 equipos de noticias en los ensayos. Y los 50 estaban detrás de mí. Y esos arqueros famosos, antiguos olímpicos o lo que fueran, todos detrás de mí. Cada vez que hacía alguna cosa, aunque fuera muy sencilla como coger una flecha... Click, click, click», confesó a The Hollywood Reporter. «Y la peor parte es que debería haber practicado con mucha gente observándome porque aquello fue horrible», reconoció años después sobre una competición en la que acabó en la posición 24 de 300. Thelma se quedó sin competir en Sídney porque sólo viajaban los cuatro mejores de la prueba.

Introspección

Después de aquella vivencia Geena Davis rebajó sus pretensiones deportivas y sus entrenamientos para dedicar más tiempo a su familia. «No estoy compitiendo actualmente, ¡pero siempre me quedará Tokio 2020!», bromeó recientemente una entrevista. Aunque se toma ausencias prolongadas, nunca ha abandonado el arco porque cambió su vida. «Fue algo importante cómo cambió mi percepción acerca de mi cuerpo y de mis habilidades físicas. De lo que no me di cuenta hasta que más tarde competí en torneos era que era tan satisfactorio», señala la ganadora de un Oscar por el papel secundario de Muriel Pritchet en El turista accidental. «Es exactamente lo opuesto a una crítica de una película, que es totalmente subjetiva. No importa cómo vayas en el torneo. Son los puntos, aciertas en la diana o no y eso es muy satisfactorio. Puedes mirar y contar en lugar de estar preguntando», defiende la artista. «Aprendes sobre ti misma. Pasas mucho tiempo a solas contigo practicando. Tienes que conocerte, cómo de calmada puedes ser, cuánto tiempo puedes concentrarte. Tienes que estar muy automotivada. Tienes que tener fe en ti misma y creer en tu capacidades. Es un área en la que nunca había profundizado», reflexiona la candidata a un Oscar como mejor actriz protagonista por Thelma y Lousie.

Geena Davis nunca ha olvidado ni escondido lo que le ha dado y aprovecha para apoyarlo y promocionarlo siempre que puede. Admite que su pasión le llevó a engancharse y a ser una fanática. Pero todavía hoy repite la razón por la que no se apartó del cine para apostar por el deporte de las flechas: «Tengo que seguir haciendo películas. Todavía no he conseguido mucho dinero con el arco».

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jueves, 3 de octubre de 2019

El vacío olímpico de Ronda Rousey


La luz de los Juegos Olímpicos embelesa a numerosos niños. Entre ovaciones y hazañas descubren ídolos a los que admirar que serán el espejo en el que se mirarán durante días, semanas o incluso años. Al crecer, unos pocos lograrán acercarse a las vivencias de los deportistas o puede que les superen. Pero en algunos casos ese haz que les atrae hacia la obcecación como al mosquito veraniego puede precipitar a una caída rápida tras tocar la gloria.

Ronda Rousey siempre fue terca. Peleona en general. Testaruda por carácter. Villana para el público. Incapaz de dar un paso atrás por su orden de su crianza. No concedía un espacio a la misericordia. Cuando era una niña su madre no le dejaba regodearse con sus victorias o lamentarse por sus derrotas. AnnMaria De Mars, que había sido campeona del mundo con 26 años, inculcó a su hija una ambición y perseverancia que condujeron a Ronda a ser la judoka más joven del equipo olímpico estadounidense en Atenas 2004. En plena adolescencia la joven compitió y perdió en la primera ronda en Grecia. La derrota alimentó sus ansias de mejora hasta que un bronce en Pekín 2008 aceleró su ascenso a la gloria. Y su caída.

«Había soportado tanto para llegar a las Olimpiadas... Durante el trayecto me dije que el resultado sería asombroso, que todo valdría la pena. Pero la verdad es que si bien había sido asombroso, no valió la pena. Darme cuenta de eso me destrozó. Había soñado con las Olimpiadas desde niña. Gané una medalla olímpica, pero sentía que me habían defraudado», confiesa Rousey en su biografía Mi Pelea/Tu pelea (DNX Libros). La primera estadounidense en colgarse un metal desde que el judo se incorporó al programa olímpico regresó a California sin más proyectos, sin novio, sin hogar y con los 6.000 dólares de premio de su federación empleados en la mitad de la compra de un automóvil de segunda mano.

La luchadora que asustaba a las rivales decidió tomarse un año sabático para encontrar el camino. Entonces emergió su lado sentimental, el que alimentaba su pasión dentro y fuera del tatami. Comenzó a beber, aceptó dos trabajos de camarera para llegar a fin de mes, alquiló un apartamento en el que los problemas en las tuberías llenaban literalmente de aguas residuales el suelo y se dejó arrastrar por las malas compañías. «Los domingos había dos productores hip-hoperos (..). Me daban una propina de treinta dólares en efectivo y suficiente marihuana para estar varios días colocada. Durante la semana uno de los clientes habituales del bar les vendía Vicodina a las camareras y me regalaba una o dos pastillas para pasar el efectivo y las pastillas entre él y el personal de servicio sin que se enterara nuestro jefe», desvela.

Otra vez el ídolo olímpico descarriado sin objetivos. Como Michael Phelps. Como tantos con nombres más anónimos. Rousey podía mirar a la medalla deseada por la niña pero no al espejo.

La peleona se había rendido. No había por qué luchar. Tuvo que recibir varios estímulos para regresar. En 2011 le impactó el suicidio de la austriaca Claudia Heil. La judoka que fue plata en Atenas 2004 y quinta en Pekín 2008 se lanzó desde un sexto piso tres años después de retirarse. Rousey abrió un poco los ojos con la muerte de su antigua rival. También con un accidente de tráfico que le provocó el desvío del tabique nasal y una conmoción cerebral.

Las artes marciales mixtas

Finalmente, Rousey halló su objetivo, el proyecto que recuperaría su espíritu más allá de sus malas elecciones. Decidió competir en las artes marciales mixtas y gracias a su empeño, trabajo y talento recorrió una largo trayecto hasta conseguir que el popular Campeonato de Lucha Máxima (UFC) abriera la puerta a las mujeres. Desde entonces y gracias a sus victorias -basadas fundamentalmente en sus fundamentos judokas- se convirtió una superestrella de la televisión, en una actriz ocasional y en un reclamo publicitario. Proyecta una de esas luces que embelesan a los niños.

Sin embargo, este espejo está roto y no esconde los parches. «Pienso en lo que vendrá después y me preocupa mucho. Me da miedo terminar tan confundida como cuando regresé de las Olimpiadas de 2008. Estoy tratando de identificar todos los errores que cometí entonces para no volver a repetirlos. En ese momento ni siquiera tenía un plan B. Por eso me preocupa tener planteadas otras opciones como la actuación. Ahora estoy pensando en un plan B, C y D». Promesa de quien probó el vacío de la gloria. La vida no se acaba con un bronce olímpico. Juramento de Rousey resucitada.

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