Reportajes culturales, históricos, sobre deporte y más de Javier Bragado Herrero
jueves, 20 de junio de 2019
Historias Olímpicas: Valentín Loren y el árbitro noqueado por orden franquista
Valentín Loren (26-8-1946) es un hombre casi septuagenario que parece que podría volver a saltar al cuadrilátero en cualquier momento. Se mueve ligero y ágil, con la sensación de que carga energía para más de las 24 horas del día. «Es que los 70 años de ahora no son los de antes», comenta con una sonrisa el aragonés después de un par de horas en bicicleta. Amable y educado, cuesta encajarle como el púgil que tiene el dudoso honor de haber golpeado a un árbitro durante unos Juegos Olímpicos. Hasta que explica que fue fruto de la juventud y de la presión del dictador Francisco Franco.
«Los del boxeo estuvimos concentrados en El Pardo. Primero estábamos en Colmenar Viejo (una localidad al norte de Madrid) y parece que la concentración no gustaba mucho al presidente de entonces, Vicente Gil, que era militar, teniente coronel, presidente de la Federación Española de Boxeo y el médico particular de Franco», comienza Loren para contextualizar la situación que se vivió en Tokio 1964. «Nos montaron el pabellón entero con un gimnasio y entonces ya no podíamos salir por la puerta solos», recuerda sobre la mudanza a las instalaciones junto a la residencia del dictador, a quien mantiene la prudencia de llamar «el que mandaba».
«La presión comienza antes de salir porque también nos recibió Franco a los cuatro olímpicos (Senin, Barrera Corpas, Velázquez y Loren) y a Vicente Gil. Nos recibió en su despacho en privado. Sólo teníamos que cruzar unas puertas porque estábamos durmiendo al alado y éramos vecinos», empieza con algunas risas antes de afrontar el asunto serio. «Nos dio un poco la arenga de España esa y todo eso te lo meten con 18 que tenía y claro, te dices 'Aquí no se me ríe nadie', que quizás después fue esa un poco la reacción mía al agredir al árbitro», repasa el aragonés.
«En la anterior Olimpiada en Roma parece ser que no habían salido muy bien los boxeadores españoles. Hubo bastantes robos, bastante descarados. Vicente Gil nos dijo que esto no iba a pasarnos en Japón y como a nosotros nos iban inculcado aquello de 'España, España, España', ya vas un poco...», apunta antes de defenderse. «Porque yo ya había hecho muchas peleas y en ninguna se me había ocurrido hacer lo que hice en Tokio, pero parece que estás un poco semiforzado por aquello de la defensa de España y de que 'España, España', y de que las banderas tienen que subir a lo más alto del mástil», enumera sobre las instrucciones antes de su viaje de 23 horas con varias escalas hasta el país nipón con compañeros que serían campeones de Europa o del mundo pero que no consiguieron medallas allí. «Te sorprende todo. Era aquello tan enorme... No era un cuadrilátero como el que peleabas en el Palacio de los Deportes en Madrid o en Barcelona. Nos sorprendió bastante porque éramos jóvenes. Joven era yo, que con 18 años me hicieron pasar y aun la cosa estuvo un poco en puertas», señala sobre su impresión de los primeros Juegos Olímpicos de la electrónica.
El combate
Más allá de su asombro con los trenes elevados, los rascacielos y los electrodomésticos de última generación, el recuerdo que más se le solicita que repita a Valentín Loren es el del combate contra Hung Chang. «Yo llevaba una iniciativa detrás pegando. Pam, pam, pam. Yo he sido muy fajador. Iba mucho a cortar siempre pegando abajo, abajo, abajo; de cintura para arriba, pero abajo y parece ser que en alguna ocasión me debió de advertir que levantara más la cabeza, pero sin llegar a infringir más que eso», adelanta y cuenta el suceso como si lo estuviera viviendo de nuevo con Vicente Gil a su espalda. «No sé si a la segunda o a la tercera advertencia porque llevaba yo la iniciativa, pero chico, parece que el resultado puede ser a favor... pero cuál fue la sorpresa cuando levantó el brazo el otro... y entonces ya en el rincón parece ser que hubo alguna voz que dijo: 'Esto no se puede aguantar, estos árbitros tal'; y parece que ya te empujan un poco... 'Este árbitro no sale vivo de aquí' son palabras que se oían desde el rincón y te empujan un poco a darle al árbitro y ahí le agredí», reconoce sobre su derechazo a la mandíbula del juez húngaro Gyórgy Sermer.
La reacción del público japonés fue apreciada por Loren. «El público se comportó bien, no se puede decir que tiraron sillas dentro del ring. Esto sentó mal a los de arriba, al presidente del deporte, (Juan Antonio) Samaranch, que mandaba mucho porque sustituyó a (José Antonio Elola) Olaso, que también venía de Falange», indica sobre algo que, según él, se habría quedado en un simple chascarrillo y no le habría supuesto la prohibición de de por vida en el mundo amateur que le impidió acudir a los Juegos del Mediterráneo de 1965. «El público no se lo tomó como para castigarte. Parece que a ellos les llegó también aquello de hay que ser un poco rebelde y ante las injusticias 'yo haría lo mismo'. No le pareció del todo mal. Ahora, a los de más altos cargos parece que sí. 'Esto no se puede hacer', decían, pero en general quedaba como una anécdota», sostiene quien por las sanciones se vio obligado a pasar al profesionalismo porque «tenía que pagar una pensión». En cambio, el argentino José Chirino, que había golpeado a un árbitro tres días después de que lo hiciera el español, sólo recibió una sanción de tres años porque se disculpó dentro del cuadrilátero.
El aragonés colgó los guantes con 27 años en una España en que el boxeo contaba con muchos aficionados. A pesar de su retirada temprana, Valentín Loren no perdió la forma y hoy todavía se mueve como ese peso pluma que disputó 42 combates como profesional y fue campeón de España. También es ágil para responder sobre la anécdota olímpica de la que no se esconde. Ya pidió disculpas al día siguiente ante el público japonés y hoy espera que se comprenda el contexto en que se vivió la situación. Eso sí, también considera que ese combate lo había ganado él.
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miércoles, 19 de junio de 2019
Historias olímpicas: Alan Turing, el maratoniano que venció a los nazis
Alan Turing escondió gran parte de su vida al mundo por su carácter y por sus peligros. Descifrar Enigma, la máquina nazi que encriptaba mensajes, fue un avance decisivo en la II Guerra Mundial, pero no podía ser un asunto público, pensaba su gobierno. En el ámbito privado, su homosexualidad tampoco podía ser revelada porque las leyes de su país eran muy restrictivas. Sin embargo, lo que todo el mundo podía saber del padre de la inteligencia artificial es que el lógico de Chesire era un maratoniano, un profesor aficionado a la carrera que aspiró a la gloria olímpica.
No obstante, el interés de Turing por correr largas distancias se construyó a largo plazo. Durante su juventud prefería el remo o el fútbol y sólo en días de mal tiempo optaba por ser 'runner' para mantener la forma. Una vez superada la II Guerra Mundial en que trabajó de manera exitosa en tareas de espionaje -sin reconocimiento oficial hasta tiempos recientes-, el treinteañero empezó a devorar millas y millas con sus pies. Según sus diarios, trataba de recorrer 32 kilómetros al día para completar su objetivo de 160 por semana.
Los éxitos de Turing en el asfalto se sucedieron. A sus 33 años, compitió en una prueba de 5.000 metros en que terminó a seis segundos del campeón olímpico de la distancia, Alec Onley. A pocos se les escapaba su potencial al verle. Fue reclutado para el club de Walton después de que adelantara a un grupo de corredores durante un entrenamiento por el campo. «Habíamos oído hablar de él antes de verle. Hacía un terrible gruñido cuando corría, pero nos pasó como una bala. Le invitamos a unirse. Inmediatamente se convirtió en nuestro mejor corredor», recordaba J.F. Harding, uno de los testigos y secretario del club cercano al laboratorio de trabajo de Turing.
El británico pareció elaborar un sistema lógico para alcanzar los Juegos Olímpicos de Londres en 1948. En 1947 tuteó en diferentes pruebas a Tommy Richards, el futuro subcampeón olímpico; y Stan Jones, ganador de los 'trials' de selección para Londres 1948. Incluso, su incipiente popularidad llevó a una revista especializada a reseñar el rendimiento de un atleta con un estilo «torpe y torcido» que completaba con una dieta rica en carbohidratos. «A Turing le gustaba sorprender a sus colegas corriendo hacia las reuniones científicas, derrotando a los que viajaban en transporte público», según su biógrafo, Andrew Hodges.
El punto culminante del matemático atleta podría haber sido el maratón de los Juegos Olímpicos de su país en 1948. Sin embargo, un infortunio le impidió completar su proyecto. Aunque estaba inscrito en las pruebas que servían de clasificación se ausentó en una de ellas, supuestamente por lesión, y fue registrado como el quinto en la lista en la selección. Cuando se celebró la competición su compatriota Richards se colgó la plata con un tiempo sólo 11 minutos mejor que la mejor marca del genio.
Según la documentación de sus biógrafos, el precursor de la informática moderna y creador de la 'Máquina de Turing' prosiguió con sus andanzas hasta que en 1950 una lesión en la pierna le obligó a detenerse. Prosiguió con sus investigaciones y sus aportaciones a la ciencia y a su país hasta que fue condenado por homosexualidad en 1952, algo que le preocupó por la posibilidad de que ensombreciera su trabajo. Fue tratado con hormonas y la llamada 'castración' química. Murió dos años después en extrañas circunstancias con un legado extenso a la humanidad y con una pequeña contribución al atletismo que hoy se honra con un maratón en su nombre.
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martes, 18 de junio de 2019
Historias olímpicas: Pigmeos contra cucapás, la farsa de las 'Olimpiadas especiales'
Se alinearon cucapás de México, ainus de Japón, pigmeos de África, moros de Filipinas, indios nativos americanos y tribus patagónicas. Las pruebas incluyeron salto de altura y de longitud, trepar a los árboles, tiro con arco, lanzamiento de peso y jabalina, lucha y hasta un partido de lacrosse. Se incorporaron dentro del programa de San Luis en 1904 y se bautizaron como 'Olimpiadas Especiales'. Todo completó un circo que trataba de demostrar la superioridad del hombre civilizado sobre los «salvajes» en una época en que los zoológicos humanos se extendían por Occidente y el concepto resultó tan vergonzoso que el Comité Olímpico Internacional (COI) reconoce en su historia oficial que es «el acto más condenable» de aquel evento que horrorizaría a Pierre de Coubertin, el impulsor del movimiento deportivo.
La idea de organizar un evento de tribus se le ocurrió a James Edward Sullivan, el mismo que consiguió arrebatar a Chicago la organización de los Juegos en favor de la ciudad más grande de Misuri, donde se celebrarían en paralelo a la Exposición Universal de San Luis gracias a la ayuda del presidente estadounidense Theodore Roosevelt. El emprendedor quiso llevar a cabo una demostración de la corriente contemporánea que aseguraba la «superioridad física» del hombre civilizado sobre los «primitivos» o «salvajes». Aprovechó algunas exhibiciones y la existencia de zoológicos humanos para reclutar los competidores de lo que designó como 'Días de antropología' porque su colega William McGee sostenía que serviría para recopilar datos que confirmarían la jerarquía racial.
Las pruebas tuvieron lugar el 12 y el 13 de agosto, apartadas de las habituales de los Juegos Olímpicos. Pagados, engañados u obligados, diferentes hombres -no hubo ninguna mujer- representaron a las tribus elegidas. Sin embargo, los eventos se alejaban de cualquier posibilidad de experimento científico o incluso de rivalidad deportiva. Debido al problema de los diferentes idiomas o de que algunos ni siquiera sabían que se trataba de una competición se sucedieron los malentendidos. Por ejemplo, en las carreras a pie muchos se sorprendieron al llegar a la cinta final y se pararon, pasaron por debajo o simplemente no rompieron la tira que servía de meta para el vencedor. En lanzamiento de peso se usó un bloque de 25 kilogramos. Sólo tres «salvajes» lo intentaron y una vez y renunciaron a una actividad que vieron como ridícula, según los historiadores. La jabalina resultó un fracaso y el waterpolo se descartó desde el primer momento. En contra de los presupuestos de Sullivan, el evento apenas atrajo a gente.
Grotesca exhibición
La celebración de las 'olimpiadas especiales' indignó al COI. «Esta grotesca exhibición de aborígenes fue una desgracia para la historia social americana, justificada por Sullivan como una demostración científica de los presuntos salvajes», escribe en su historia oficial. Coubertin, ausente en San Luis, «se horrorizó». «Esta farsa indignante perderá cualquier atractivo cuando los hombres negros, rojos y amarillos aprendan a correr, saltar y lanzar y dejen a los blancos por detrás», señaló el barón francés que no quería que las mujeres compitieran en los Juegos.
A pesar de la tensa relación con el COI, Sullivan fue secretario del Comité Olímpico de los Estados Unidos en los siguientes Juegos, de los que regresó pregonando la supremacía de Estados Unidos y criticando a los británicos, cuyo atletismo «comenzaba a degenerar», En Estocolmo 1912 impidió desde su puesto que acudieran mujeres a las pruebas de natación, aunque tuvo que sorprenderse de como Jim Thorpe, hijo de un irlandés y una india nativa americana, dominaba el decatlón y el pentatlón. Aquel mestizo norteamericano nacido presuntamente en 'territorio indio' no necesitó unas 'Olimpiadas especiales' para convertirse en una estrella olímpica. Sullivan murió en 1914, después de una operación en los intestinos.
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lunes, 17 de junio de 2019
Historias olímpicas: La basura de Barcelona 1992
La historia oficial y oficiosa suele elogiar los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Se alaba su capacidad para elevar el nivel organizativo y de difusión, la incorporación fundamental de los voluntarios (trabajadores no pagados) y el legado a la ciudad. Sin embargo, hay una sombra que conservan todos aquellos que competieron en la vela de aquel certamen, manchado incluso por la influencia en los resultados deportivos. El lugar del delito fue el mar.
Las primeras críticas a la zona de regatas se multiplicaron un año antes de los Juegos Olímpicos. La competición que servía para comprobar el grado de organización y las condiciones de navegación alertaron a los deportistas. Pero no a los organizadores. De hecho, durante la competición olímpica las críticas se repitieron. Barbara Kendall, la neozelandesa que ganaría el oro, denunció en los días previos las ratas muertas y un par de neveras flotando que atisbó durante sus entrenamientos. «Cuando te salpica el agua y escupes puedes realmente notar que el sabor está asqueroso», resaltó el noruego Per Gunnar Hauge a Reuters aquellos días. «Hay de todo. Desde algas y bolsas de plástico hasta condones y toallitas limpiadoras. Grecia está mal, pero no tanto como esto», remarcó el heleno Nikolaos Kaklamankis antes de la competición en que aseguraron ver los cuerpos muertos de ovejas, ratas, perros y hasta de un burro. Lars Kleppich resumió en 2015 su experiencia en las aguas de Barcelona 1992: «Era como navegar en la taza de tu retrete».
«El agua está más limpia que nunca», se defendió Jaume Guardiola, director del Parc de Mar. Se instalaron contenedores en la playa para depositar los residuos orgánicos y se enviaron barcazas a diario a retirar los desperdicios. El puerto y sus alrededores habían sido totalmente reformados sólo para el evento.
De todas las críticas, la que contiene más fuerza es la de Mike Gebhart, quien era líder antes de un incidente en la última regata. «Buscaba y buscaba porque estaba navegando lento como la mierda. Pensé que quizás había enganchado un alga, pero miré abajo y como la bolsa de plástico era transparente no podía verla. Finalmente, noté una pequeña burbuja de aire en el borde», recuerda el windsurfista. «Hay dos maneras de verlo. Puedes volverte loco y montarte una bonita historia: ‘Oh, ya sabes, la basura me costó mi medalla’; o puedes tomar los mandos y decir: ‘Hey, el otro tío era un poco más coherente’. Podría haber identificado el problema más rápido», explicó a ESPN recientemente cuando le preguntaron por las condiciones de la bahía en que se celebrarían los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. ¿Fueron peores los de Barcelona? «¡Navegué al lado de una vaca muerta!», respondió el windsurfista para zanjar el debate.
En 2015 se celebraron los Mundiales de Natación en la capital catalana. Se aprendió de los errores pasados. El puerto de Barcelona detuvo las obras en la zona del Port Vell un tiempo antes, instaló una red para bloquear la entrada de medusas, prohibió el suministro de combustible y reforzó el servicio de limpieza. Entonces ninguno de los clavadistas y los nadadores en aguas abiertas denunció neveras flotantes o animales muertos. Tampoco ninguno perdió una medalla por una bolsa de plástico.
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